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La Inversión del Orden: Del embarazo de Kumarbi a las Saturnales romanas

Existe un momento en el ciclo del año donde la luz se debilita y, con ella, la fuerza de las leyes públicas que sostienen el mundo. En esta penumbra del solsticio, el orden se fractura para dar paso a lo que el mito describe como un embarazo y el rito como una inversión: un repliegue forzoso desde la luz del ámbito público hacia el refugio de lo privado y lo 'femenino'. Desde el vientre de Kumarbi, que gesta a sus rivales en la oscuridad de sus entrañas, hasta las Saturnales romanas, donde el guerrero abandona el campo para recluirse en la casa. En los meses de invierno, la autoridad deja de ser una fuerza que se impone hacia fuera para convertirse en una potencia que se gesta en la oscuridad de lo privado.



 

El mito de Kumarbi, de origen hurrita-hitita, es la pieza clave para entender la concepción antigua del poder y constituye el antecedente directo de la Teogonía de Hesíodo. En un acto de violencia radical que prefigura la castración de Urano a manos de Crono, Kumarbi derroca a Anu mordiendo y tragando sus genitales. Su intención no es mística, sino puramente política: busca aniquilar la descendencia de Anu —el Cielo— para evitar que surjan rivales que le arrebaten el trono. Sin embargo, su plan fracasa con la misma ironía trágica que perseguiría a los titanes griegos. Al tragarse la virilidad de su enemigo, Kumarbi queda 'embarazado' accidentalmente, convirtiéndose en el recipiente de las fuerzas que lo destruirán, un eco de cómo Crono intentaría, sin éxito, contener a sus hijos en su propio vientre para burlar al destino.

Antes, en los antiguos años, fue rey en los cielos Alalu.
Alalu está sentado en el trono
y el poderoso Anu, el primero de los dioses, se hallaba ante él, 
se prosternaba ante sus pies e iba poniéndole en la mano las copas para beber.
Nueve años contados fue Alalu rey en el cielo.
Pero al noveno año, Anu entabló combate contra Alalu.
Derrotó a Alalu,
este huyó corriendo ante él
y descendió a la negra tierra.
Descendió él a la negra tierra, y en el trono se sentó Anu.
Anu está sentado en el trono y el poderoso Kumarbi le daba de comer, 
se prosternaba ante sus pies e iba poniéndole en la mano las copas para beber.
Nueve años contados fue Anu rey en el cielo.
Al noveno año, Anu entabló combate contra Kumarbi,
Kumarbi, descendencia de Alalu, entabló combate contra Anu.
Ante los ojos de Kumarbi ya no resiste Anu,
se zafó de las manos de Kumarbi, como un pájaro, Anu subía al cielo.
Por detrás se le acercó Kumarbi, 
cogió por los pies a Anu 
y tiró de él desde el cielo hacia abajo.
Le mordió los genitales 
y su virilidad se mezcló, como el bronce, 
con las entrañas de Kumarbi.
Cuando Kumarbi había tragado 
la virilidad de Anu, 
se regocijaba y se reía.
Anu se volvió hacia él
y comenzó a decirle a Kumarbi:
—Te regocijaste en tus entrañas 
porque tragaste mi virilidad.
¡No te regocijes en tus entrañas!
En tus entrañas he puesto una carga.
En primer lugar te he preñado con el pesado Tesub,
en segundo lugar te he preñado con el Aranzah no soportable,
 en tercer lugar te he preñado con el pesado Tasmisu.
Otros dos espantosos dioses he puesto, como una carga, en tus entrañas.
Tú te irás y acabarás
por golpear con tu cabeza los peñascos del Tassa

CTH 344

En su interior, en la oscuridad de sus entrañas, se gestan las fuerzas que terminará pariendo: el río Tigris, el dios Teshub y la diosa Shaushka (Ishtar), esta última quien emerge directamente de su cabeza (con toques muy similares a lo que ocurre en el nacimiento de Atenea) solo que en este caso Zeus devora a Metis embarazada de esta y cuando termina la gestación sale por el cráneo de Zeus. 

Cuando Anu terminó de hablar subió al cielo 
y se escondió. Escupió de su boca Kumarbi, el sabio rey.
De su boca escupió saliva y la virilidad mezcladas en su seno.
Con lo que Kumarbi había escupido
quedó preñada del terrible Tasmisu la montaña Kanzura.
Kumarbi llegó, repuesto, a Nippur, su ciudad 
y se asentó señorialmente en ella.
Kumarbi no (...)
{...} va contando los meses.
Llegó el noveno mes (...) [...] y sus entrañas los poderosos dioses
{...] dentro, se dispuso y como una piedra 
rompió el cráneo de Kumarbi.
Así que por el cráneo subió KA.ZAL,
 el/la héroe, el rey/reina.
[...]
Las Guises comenzaron a coserle el cráneo, como una tela.
Y cuando ellas habían cosido el cráneo a Kumarbi, el heroico Tesub salió por el buen lugar.
Las Guises se pusieron a coserle su buen lugar como a una tela [...] y en segundo lugar, he aquí que salió el río Aranzah.
Ellas lo asistieron en el parto y trataron a Kumarbi igual que a una mujer.

CTH 344

Zeus, rey de los dioses, su esposa primera hizo a Metis,
la más prudente entre los dioses y los hombres mortales.
Pero cuando ya estaba a la diosa ojiclara Atenea
por parir, entonces, arteramente engañándole el alma
con insinuantes palabras, en su vientre la echó,
según los consejos de Gea y de Urano estrellado;
así pues le aconsejaron, a fin de que nadie honor regio
tuviera, en lugar de Zeus, entre los dioses siempre existentes..
Pues era destino que de ella nacieran hijos gallardos:
la primera, una hija, Tritogenia ojiclara, que posee, igual que el padre, fuerza y prudente consejo,
y luego, a un hijo, rey de los hombres y dioses,
tenía que parir, de corazón muy soberbio.
Antes, empero, Zeus en su vientre la echó,
para que el bien y el mal le aconsejara la diosa. 
[...]
Él solo, de su cabeza engendró a la ojiclara Atenea
que, terrible, excita el tumulto y las huestes guía, infatigable,
augusta, que ama clamores, combates y guerras.

Hesiodo, Teogonia 885-926

Tras el parto, Kumarbi intenta recuperar el control y pide a su mano derecha al dios de la sabiduría, Ea, que le entregue al  recién nacido Teshub para masticarlo y castigarlo por haberlo "convertido en mujer". Ea, engañándolo, le entrega una roca de diorita; Kumarbi la muerde con tal fuerza que se daña la boca, un pasaje que Hesíodo adaptaría siglos después con la piedra que Gea entrega a Cronos para salvar a Zeus.

Cuando caminó, se puso delante de Ea, se inclinó y cayó al suelo.
Kumarbi se alteró por la cólera,
miró a Namhe[...] y comenzó a decirle a Ea:
—¡Dame a mi hijo y lo devoraré!
A él, que me ha convertido en una mujer, y que me ha [...]
¡A Tesub también lo devoraré y lo trituraré como a una caña seca!
[...]
Kumarbi se puso a comer,
pero la diorita le hirió en la boca los dientes a Kumarbi.
Cuando le hirió los dientes, la escupió y se puso a lamentarse.
Se lamentó Kumarbi y comenzó a decir estas palabras:
—Esta piedra a la que he tenido miedo, la colocaré en mi [...] como a un objeto de culto.
[...]
Cuando Kumarbi terminó de hablar,
Ea comenzó a decirle a Kumarbi:
—Que manden traer la piedra y que esta sea colocada en su lugar.
La diorita que tú arrojaste, que los hombres vayan junto a ella y que la invoquen.
Y que los hombres ricos, los héroes y los señores inmolen vacas y ovejas,
y que los hombres pobres hagan libaciones con sémola.
Y no es vana la palabra
que a Kumarbi le salió de la boca.

CTH 344

Y habiendo envuelto una gran piedra en pañales, la dio
al Uranida, grande señor, rey de los dioses primeros;
entonces, con las manos cogiéndola, la echó en su vientre
el mísero, y no pensó en su mente que luego, para él,
en lugar de la piedra, el hijo suyo invencible y seguro
quedaba, quien pronto, con la fuerza y los brazos venciéndolo,
lo echaría del poder, y él mismo reinaría entre los dioses.
Luego, rápidamente el vigor y los fúlgidos miembros
del dios crecieron; y, con el volver de los años,
por las sagaces sugestiones de Gea engañado,
a su prole echó fuera el gran Cronos de mente tortuosa,
vencido por las artes y la fuerza de su hijo.
Y vomitó, primera, la piedra que, última, había engullido;
y Zeus la asentó en la tierra de anchos caminos,
en Pito sagrada, en los valles bajo el Parnaso,
a ser seña después, maravilla a los hombres mortales. 
Y desató a los tíos paternos de sus funestas cadenas,
a los Uranidas, a quienes el padre amarró en su locura;
y ellos le agradecieron por sus beneficios,
y le dieron el trueno y el rayo encendido
y el relámpago, que antes la inmensa Gea ocultaba;
confiando en éstos, sobre mortales e inmortales domina.
Hesiodo, Teogonia 485-506

Esta idea del soberano que, aun sin quererlo, se convierte en el recipiente de la creación, viaja a Grecia y se refleja en el Papiro de Derveni. Allí vemos un Zeus que, en un sincretismo fascinante con su padre Cronos, se traga "el falo" la esencia del cosmos.

Y Zeus ... llegó a la cueva, donde
se sentaba la Noche, sabedora de todos los oráculos, inmortal nodriza [de los dioses]
· · · vaticinar desde lo más recóndito
Ella le vaticinó todo cuanto le era lícito lograr:
cómo ocuparía la hermosa sede del nevado Olimpo
Zeus, una vez que oyó los vaticinios de su padre
se tragó el falo de (Cielo), que había eyaculado primero el éter. 
[...]
del falo del rey nacido el primero, y en él todos
los inmortales se gestaron: dioses felices y diosas,
ríos, fuentes amables y todo lo demás
cuanto entonces había llegado a ser, así que él llegó a ser lo único. 

 Zeus absorbe el carácter ctónico (subterráneo) y se convierte en: el dios de la luz que, al ocultarse, debe transitar por el interior de la tierra para renovarse. Este carácter dual, donde lo celeste y lo profundo se funden, se hereda en sus hijos más importantes, que actúan como puentes entre mundos: Apolo con sus oráculos, Hermes como guía de las almas, Dionisio (gestado en el muslo de Zeus) o el herrero Hefesto, que trabaja en el corazón de los volcanes.

También observamos una gran relación de Kumarbi con una la época dorada de Cronos, a través de uno de sus hijos KAL que tiene para volver a recuperar la posición predominante que había perdido por su hijo Teshub. KAL vence a Kumarbi y Isthar en combate y es declarado el nuevo lider donde comienza un reina de prosperidad donde se indica que los hombres empiezan a no ofrecer ofrendas a los dioses y KAL no toma en consideración las opiniones de los dioses antiguos, por lo que que se trama una conjura para destronarlo.

Pero se repuso KAL,
tomó una gran piedra
y la arrojó por detrás de Tesub.
La piedra hirió por detrás a Tesub y golpeó el cielo.
Tesub no se volvió a levantar, sino [...] cayó al suelo.
KAL se le acercó
y le tomó a Tesub de la mano las riendas y el látigo.
Tesub se volvió y comenzó a decirle a KAL:
—Las riendas y el látigo que te llevaste de mi mano y las tomaste en tus manos, esas riendas las consagrarás.
Serás invocado en la mansión de los heraldos.
Pero las riendas [...]

Ea ha reconocido a KAL como rey, le ha asignado el reino a KAL.
¡Corred ahora junto a este nuevo rey!
Cuando KAL oyó las palabras de Ea,[...]
Comenzó a regocijarse.
Comió y bebió,
subió al cielo y vivió en el cielo.
[...] años estuvo KAL como rey en el cielo y durante aquellos años no hubo lobos.
[...]
Cualquier lugar estaba lleno de tawaly walbilli (tipos de cerveza).
De noche se usa aceite fino para quemarlo en la lámpara.
Nadie coge lo que se va dejando.
Nadie de fuera roba.
Cerveza y vino fluían por los valles.

[...]

Ea comenzó a decir a Izzummi, su visir:
—Baja a la negra tierra
y las palabras que te digo
ve y díselas a Nara Napsara, mi hermano:
«Recibe mi encargo y oye mis palabras.
Tesub provocó mi irritación y lo destituí del reino del cielo.
Pero KAL, al que hicimos rey del cielo, así como él es negligente, 
igualmente hace negligentes a los países.
Y ya nadie da pan grueso ni libaciones a los dioses.
Pero ahora, Nara, hermano mío, óyeme
y levanta a todos los animales de la tierra
[...]

CTH 343

Esta alternancia entre la luz y la sombra se personifica de forma cíclica en el mito de Apolo y su viaje con los Hiperbóreos. Cada invierno, el dios solar abandonaba su santuario en Delfos para viajar al lejano norte, al país de los Hiperbóreos, una región de luz eterna inaccesible para los mortales. Durante esos meses de menos horas solares, Dionisio asumía el mando del oráculo. Este relevo no era casual: mientras Apolo representaba la claridad y la forma, su hermano Dionisio traía el éxtasis y la liberación necesarios para transitar la oscuridad. Así, el centro espiritual del mundo griego aceptaba que, cuando la luz exterior se desvanece, es el turno de las potencias internas y el frenesí emocional.

Este predominio de la inversión y el caos doméstico encontraba su máxima expresión artística en la Antigua Grecia durante las Leneas. En estas fiestas invernales consagradas a Dionisio, el orden teatral tradicional se subvertía para alinearse con el espíritu de la estación: mientras que en las grandes celebraciones lo habitual era presentar tres tragedias solemnes seguidas de una pieza burlesca, en las Leneas la comedia se convertía en la protagonista absoluta de las competiciones. Este énfasis en lo cómico y lo satírico no era casual, sino un reflejo estético del "mundo al revés" propio del invierno griego. Al otorgar prioridad a la risa frente al drama heroico, la ciudad permitía que la burla sacudiera las estructuras sociales, celebrando el desenfreno de un Dionisio que, en la oscuridad de los días cortos, preparaba el renacimiento de la vida.

Esta lógica de "el dios de la luz habitando la oscuridad" encuentra su máxima expresión ritual en las Saturnales romanas. Durante el solsticio de invierno, cuando el sol tiene menos fuerza y "entra" simbólicamente en la tierra, la sociedad romana experimentaba una transformación radical. Al reducirse las horas de luz y cesar el trabajo en el campo, el hombre se veía obligado a retirarse al hogar, un espacio que durante el resto del año pertenecía preferentemente al ámbito femenino y a las tareas domésticas. Esta reclusión forzada en lo privado era el reflejo humano de ese estado de gestación interna: un tiempo donde el guerrero y el labrador debían habitar la sombra de la casa.

Posteriormente, ordenó que por todas las encrucijadas los vecinos erigieran templetes a los lares compitales y estableció por ley que todos los años se les ofrecieran sacrificios y que cada casa contribuyera con una torta. Dispuso también que los que celebraran los sacrificios de la vecindad ante las casas contasen con la asistencia y colaboración no de hombres libres, sino de esclavos, pues consideraba que a los lares les agradaba el servicio de los esclavos. Los romanos, que todavía en nuestros días celebran estas fiestas, las solían festejar, solemnes y fastuosas entre las que mas, unos pocos días después de las Saturnales; las denominan Compitales, porque llaman compiti a las encrucijadas. Y a propósito de los sacrificios, observan la antigua costumbre de propiciarse a los lares por medio de los servidores y liberar a estos de todo signo de servilismo durante esos días, para que, apaciguados con ese acto de bondad, que tiene una cierta grandeza y solemnidad, se vuelvan más amables con sus dueños y les pesen menos las penalidades de su suerte 

Dionisio de Halicarnaso, Antiguedades romanas, IV, 14

¡Qué gran verdad es que nadie intenta descender al fondo de sí mismo; nadie, pero todo el mundo se fija en la alforja del que le va delante! Supongamos que preguntas: «¿Tienes idea de las posesiones de Vetidio?» «¿De quién?» «De aquel ricachón que en Cures tiene tantas tierras que no las sobrevolaría un milano». «¿Te refieres a aquél odiado por los dioses y enemigo de su genio, que cada vez que debe colgar un yugo en los arcos de las encrucijadas (*) vacila temeroso de quitar el polvo viejo de una jarra de vino, y masculla: “¡Buen provecho!” cuando mordisquea, sazonada con sal, una cebolla sin pelar al tiempo que los esclavos lo celebran junto a una olla de gachas y él sorbe el poso harapiento de un vinagre casi echado a perder?». 

Persio, Satira IV 22-32

(*) En las fiestas Compitalia, dedicadas a los dioses de las encrucijadas, los agricultores colgaban aperos de labranza, principalmente yugos, en los templetes que aquellos dioses en ellas tenían, y celebraban in situ banquetes copiosos, pero no este Vetidio, que se limita a comerse una cebolla, y a beber un vino de mala calidad.

Durante el solsticio de invierno, en ese tiempo simbólico de "sol detenido", las leyes públicas vinculadas a la luz se suspendían para permitir un periodo de caos controlado. Esta pausa del orden civil facilitaba la inversión de roles, un espacio donde los amos servían a los esclavos y las jerarquías se fundían en la oscuridad del ámbito doméstico. Este proceso de introspección y mezcla recordaba a los mitos primordiales, donde los dioses se gestaban en las profundidades, ya fuera en el vientre de Kumarbi o en el propio cuerpo de Zeus.

En este contexto, el sincretismo entre las grandes figuras divinas revela que el soberano antiguo no es una entidad estática ni puramente celestial. Zeus, por ejemplo, no solo reemplaza a Cronos, sino que lo integra y absorbe sus funciones. Al asumir un carácter ctónico y poseer la capacidad de gestar en su propio cuerpo —como se observa en el Papiro de Derveni o en el nacimiento de hijos como Dionisio y Hermes—, Zeus logra unificar el cielo con las profundidades de la tierra. Este patrón es recurrente en la mitología comparada, como ocurre con Teshub, hijo del Cielo y del subterráneo Kumarbi.

Las Saturnales no eran más que la puesta en práctica ritual de esta unión de opuestos. Al acortarse los días y debilitarse la luz solar, el hombre abandonaba el campo y el ámbito público para recluirse en el hogar, integrándose en las tareas domésticas y el espacio femenino. Era un repliegue necesario donde el orden de la ciudad se detenía para dejar paso a un tiempo de inversión y reclusión.

En última instancia, este retiro al interior de la casa reflejaba el ciclo cósmico fundamental: aquel proceso inevitable donde el dios de la luz debe, por fuerza de la naturaleza, habitar el interior de la tierra para poder renacer. Así, la soberanía se revela como un flujo constante entre lo manifiesto y lo oculto, entre el orden del día y la profundidad de la noche.

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