Pales en los textos clásicos
Para comprender a Pales, debemos enfrentarnos a una de las figuras más esquivas y arcaicas del panteón romano. Las fuentes clásicas, lejos de ofrecer una imagen clara, presentan una deidad envuelta en una ambigüedad deliberada. Autores como Varrón y Ovidio subrayan que Pales es el protector de los pastores y los rebaños, pero discrepan profundamente sobre su naturaleza: mientras que para algunos es una figura femenina, otros la tratan como masculina, y poetas como Virgilio en sus Geórgicas la invocan en un tono que sugiere una fuerza numinosa más que un personaje con rasgos humanos definidos. Esta androginia o falta de sexo claro en las fuentes no es un error, sino la marca de una deidad "indigitamenta", una potencia funcional que rige la fertilidad biológica antes de que el mito la encasille en un género. Autores como Varrón y Arnobio subrayan esta incertidumbre, debatiendo si se trata de una diosa, un dios masculino (Inuo, asociado a la cópula animal) o incluso uno de los Penates primordiales vinculados a los misterios de Samotracia.
A ti también, gran Pales, y a ti, pastor digno de memoria, [nacido] junto al Anfriso, os cantaremos; y a vosotros, bosques y ríos del Liceo. [...] Debo intentar una vía por la cual yo también pueda elevarme del suelo y volar victorioso por boca de los hombres."[...] Esto es suficiente para los rebaños; resta la otra parte de nuestra tarea: ocuparse de las lanígeras ovejas y de las hoscas cabras. Aquí hay trabajo; de aquí, valientes colonos, esperad la gloria. No duda mi ánimo cuán difícil es vencer esto con las palabras y añadir honor a temas tan humildes; pero un dulce amor me arrebata por las desiertas alturas del Parnaso; me place ir por las cumbres donde ninguna senda de los antecesores se desvía hacia la fuente Castalia por suave pendiente. Ahora, venerada Pales, ahora hay que cantar con voz poderosa.
Virgilio, Georgicas III
Como la vid es el decoro de los árboles, como las uvas lo son de las vides, como los toros de los rebaños, como las mieses de los campos pingües, así tú eres todo el decoro para los tuyos. Después de que los hados te arrebataron, la misma Pales y el mismo Apolo abandonaron los campos. En los surcos a los que a menudo confiamos las grandes semillas de cebada, nacen el infeliz cizaña y las estériles avenas; en vez de la suave violeta, en vez del purpúreo narciso, surgen el cardo y el paliuro con sus agudas espinas.
Virgilio (Égloga V)
Virgilio, en sus Geórgicas, la eleva a la categoría de "veneranda Pales", situándola al mismo nivel que Apolo y otorgándole una voz "poderosa" que trasciende lo meramente pastoral para convertirse en el motor de la multiplicación biológica.
Pero cuando, por el contrario, las cosas se tuercen cada día y los fines de nuestras acciones no responden al propósito de la voluntad, es propio de alguien que bromea decir que los dioses nos sobran como custodios, a los cuales nuestra sospecha imaginó, pero no una verdad explorada comprendió. 'Por los mares, Matuta garantiza navegaciones segurísimas a los que transitan': — ¿y por qué el mar insano ha expuesto tan frecuentes ruinas de crueles naufragios? 'Consus sugiere consejos saludables y fieles a nuestros pensamientos': — ¿y por qué se vuelve asiduamente hacia resultados contrarios el inesperado cambio de lo que se había decidido?
'Pales e Inuo presiden como custodios los rebaños de ganado y de ovejas': — ¿y por qué no cuidan de apartar los saevos contagios y las enfermedades pestilentes de los pastos de verano con su enemiga inacción?
Arnobio (Adversus Nationes, Libro III, 23)
Imagina, pues, que yo mismo, con el fin de evitar alguna incomodidad o un peligro inminente, suplicara a alguna de estas divinidades diciendo: '¡Asistidme, asistid, dioses Penates! ¡Tú, Apolo, y tú, Neptuno! ¡Apartad con la clemencia de vuestro poder todos estos males por los que me quemo, me aterro y me vejo!'. — ¿Habrá alguna esperanza de recibir ayuda de ellos si Ceres, Pales, Fortuna o el Genio de Júpiter, y no Neptuno y Apolo, resultan ser los verdaderos dioses Penates?
Arnobio (Adversus Nationes, Libro III, 43)
Pero a mí Flora me adorna los cabellos con pálida hierba, y para mí Pomona juega bajo el árbol maduro. 'Recibe', dijeron las Ninfas, 'muchacho, recibe las fuentes: ya puedes nutrir los huertos regados mediante canales'. La misma Pales me enseña el cuidado del rebaño: cómo el negro semental cambie el lomo de la blanca oveja en la cordera que nace, la cual no pueda conservar la apariencia de ninguno de sus padres y atestigüe la unión de ambos con su color ambiguo.
T. Calpurnio Siculo, Bucolica II
Pues entonces, el bosque, mejorado por el brote primaveral, germina e inicia las sombras estivales que se renuevan; entonces florecen los sotos y el año verde renace, entonces Venus y el fervor del cálido amor centellean, y el ganado lascivo recibe a los machos cabríos que saltan. Pero no envíes a los rebaños a los pastos, tras estar encerrados, antes de que Pales haya sido aplacada. Entonces, sobre el césped vivo, levanta un altar de fuego e invoca con harina salada al Genio del lugar, a Fauno y a los Lares; que entonces la víctima empape los tibios cuchillos: con ella incluso, mientras vive, purifica los apriscos.
T. Calpurnio Siculo, Bucolica V
¡Dichoso tú, oh Melibeo, adiós! Para ti el Apolo rural, arrancando laureles, te da los dones de la fronda olorosa; los Faunos te dan lo que cada uno puede: racimos de la vid, culmos de la cosecha y frutos de todo árbol; la longeva Pales te da cuencos espumantes de leche, las Ninfas traen miel, y Flora te da coronas pintadas.
Nemesiano, Eclogae (Ecl. 4)
San Isidoro de Sevilla añade una capa física a esta conexión: vincula a Pales con la palea (paja), un residuo que, por su naturaleza paradójica, es capaz de conservar el frío de la nieve y provocar el calor de la maduración. Así, Pales opera en el umbral donde el fuego purificador de la estipula (ustipula) limpia el campo para que la vida renazca centuplicada.
La estipula (stipulae) son las hojas o vainas con las que el culmo es rodeado y apoyado para que no se doble por el peso del fruto, las cuales rodean al culmo: y se dice estipula como si fuera quemada (usta), y como si fuera ustipula. Estipula se dice por lo quemado; pues recogida la cosecha, se quema por el cultivo del campo. Igualmente estipula o porque una parte de ella se quema, o porque otra parte a veces se corta para paja. La paja (palea) dicen algunos que se llama así porque se ventea con la pala (pala) para que se purifiquen los trigos. Los paganos, en cambio, nombraron a la paja en honor a una tal Pales, inventora de los frutos, a la que quieren identificar con Ceres. Sobre la cual Virgilio dice (Georg. 3,1):
A ti también, gran Pales, y a ti, digna de ser recordada, cantaremos.
Asimismo otros dicen que la paja (palea) se llama así por el pabulo (pabulo), porque al principio solo ella se ofrecía para alimentar a los animales. Su naturaleza, por el contrario, es tan fría que no permite que la nieve enterrada se derrita, y tan cálida que obliga a las frutas a madurar.
Etimologías de San Isidoro de Sevilla (Libro XVII, 3)
Las fuentes romanas sitúan el centro de su culto en las Parilia, celebradas el 21 de abril, fecha que la tradición fija como el día de la fundación de Roma por Rómulo. Según Ovidio en sus Fastos, el ritual exigía que el pastor se purificara al amanecer, rociando el suelo con agua y ofreciendo a Pales alimentos incruentos como leche, mijo y pasteles, evitando el sacrificio de animales vivos frente a ella. Sin embargo, esta aparente "suavidad" de la deidad se contradice con el uso del suffimen proporcionado por las Vestales, un compuesto que mezclaba las cenizas de los fetos de vaca de la Fordicidia con la sangre del caballo de octubre.
La noche se ha ido y surge la aurora: se me piden las Parilia; no se me piden en vano si la nutricia Pales me favorece. Alma Pales, favoréceme mientras canto los ritos pastoriles, si sigo tus fiestas con mi oficio. Ciertamente yo, con la mano llena, traje a menudo la ceniza del ternero y las pajas del haba, purificaciones tostadas; ciertamente yo salté tres veces sobre las llamas puestas en orden, y el laurel húmedo lanzó sus aguas rociadas. La diosa se ha conmovido y favorece mi obra. La nave sale de los astilleros; mis velas tienen ya sus propios vientos. Ve, pueblo, busca el perfume del altar virginal; Vesta lo dará, por don de Vesta estarás puro. La sangre del caballo será el perfume y la ceniza del ternero; el tercer elemento, el tallo vacío del duro haba. Pastor, purifica a las ovejas saciadas al primer crepúsculo: que el agua las rocíe primero y la rama barra el suelo; que los rediles se decoren con frondas y ramas hincadas, y que una larga corona cubra las puertas adornadas. Que se hagan humos azulados de puro azufre, y que la oveja bale al ser tocada por el azufre humeante.
Ovidio, Fastos IV
Rómulo aún no había formado las murallas de la ciudad eterna, que no habrían de ser habitadas por su socio Remo; sino que entonces las vacas pastaban en un Palatino herboso y se alzaban humildes cabañas en la ciudadela de Júpiter. Allí, empapado en leche, estaba Pan bajo la sombra de una encina, y Pales, hecha de madera por una rústica hoz, y colgaba el exvoto de un pastor errante en un árbol: la ruidosa siringa consagrada al dios de los bosques, esa siringa donde el orden de las cañas siempre decrece, pues cada caña se une con cera siendo siempre menor que la anterior. Y por donde se extiende la región del Velabro, solía ir una pequeña barca impulsada por el agua a través de los vados.
Elegías de Tibulo (Libro II, 5)
A los picenos se añadieron los salentinos y la capital de la región, Bríndisi, con su famoso puerto, bajo el mando de Marco Atilio. Y en la lucha contra estos, la pastoral Pales pidió para sí misma, espontáneamente, un templo como precio de la victoria.
Floro (Epitome de Tito Livio, Libro I, 15)
Tibulo nos recuerda que, antes de las murallas de Rómulo, Pales era una figura lignea (de madera) tallada por una tosca hoz en un Palatino herboso. Sin embargo, este numen silvestre fue el que exigió, según Floro, un templo oficial como "precio de la victoria" en las guerras de expansión, consolidándose como una deidad de soberanía.
El registro histórico vincula a Pales con la topografía sagrada de la ciudad: la colina del Palatino. Las fuentes sugieren que antes de ser el asiento de los palacios imperiales, el Palatino era el recinto de Pales, un espacio salvaje de pastoreo que fue delimitado y civilizado mediante el arado sagrado. Al invocar a Pales durante la fundación, los romanos estaban sacralizando el paso de lo indómito a lo urbano. Así, Pales queda registrada no solo como una protectora de ovejas, sino como la deidad liminal que custodia la "frontera" entre la naturaleza salvaje y el orden del Estado
Etimología de Pales
La hipótesis más sólida vincula el nombre de la deidad con la raíz pre-indoeuropea *pala o *pal-, que significa «colina», «peña» o «altura redondeada». Bajo esta luz, Pales no sería originalmente una diosa con forma humana, sino el numen o el espíritu de la colina misma, el Palatino. Esta conexión sugiere que la deidad es la personificación de la soberanía territorial: antes de que existieran los pastores, Pales era la roca; cuando llegaron los hombres, Pales se convirtió en la protectora de lo que crecía sobre esa roca. Esta raíz también se encuentra en otras lenguas itálicas y en el etrusco, donde palabras similares designan la bóveda celeste o las alturas, situando a Pales en el punto exacto donde la tierra se eleva para tocar el cielo. Algunos lingüistas han intentado ligar a Pales con la raíz *pa- (alimentar, proteger), presente en el verbo latino pascere (pastar) y en panis (pan). Bajo esta interpretación, Pales es, en su esencia más pura, la «Nutricia». Es la fuerza que garantiza el alimento desde su estado más primario: la hierba que el ganado transforma en leche.
Tampoco se puede ignorar la cercanía fonética con términos que designan la potencia generativa masculina. Como hemos analizado en los textos de Arnobio y Varrón, la duda sobre si Pales era dios o diosa sugiere que su nombre podría estar emparentado con una raíz que denota el «vuelo» o el «salto» (pallein en griego, como mencionaba Isidoro para la palaestra), o incluso con una forma arcaica de potencia fálica (Phales). Esta etimología «oscura» situaría a Pales en el centro de la creación: ella es el contacto, el roce y el intercambio de fluidos que permite la fetura o procreación
Una etimología popular muy extendida en la antigüedad, defendida por autores como San Isidoro de Sevilla, asocia el nombre con la palea (paja). Aunque desde la filología moderna se considera una etimología «por contacto», es simbólicamente reveladora. La paja es el residuo seco que queda tras el paso del arado y la cosecha, el material combustible de las hogueras de las Parilia. En este sentido, Pales sería la «Diosa de la Paja», aquella que rige el ciclo de lo que se seca para que lo nuevo pueda nacer.
Pales como la Gran Madre Tierra
Según lo que observamos en las fuentes, que se muestra una conexión de Pales con la Gran Madre Tierra trasciende la mera protección de los pastores para situarla como una potencia demiúrgica, responsable de la organización de la materia viva. En este sentido, Pales es la manifestación de la Tierra en su función de matriz activa.
La figura de la Diosa Madre como progenitora y soberana del reino animal se manifiesta en diversas culturas a través de la imagen de la "Señora de los Animales" (Potnia Theron). Un ejemplo paradigmático es la Cibeles anatolia, la Magna Mater adoptada por Roma, quien personifica la fuerza indómita de la tierra y es representada flanqueada por leones, simbolizando su poder absoluto sobre las fieras más poderosas.
En el ámbito itálico y mediterráneo, esta maternidad se diversifica en funciones específicas que unen lo salvaje con lo doméstico. Mientras que deidades como Diana o la Artemis griega custodian la vida de los animales en los bosques vírgenes, deidades como Tellus y su extensión funcional, Pales, se enfocan en la fecundidad del ganado y la multiplicación de los rebaños.
El carácter purificador de estas grandes diosas madres reside en su capacidad para actuar como un filtro alquímico que separa lo impuro de lo fértil, permitiendo que la vida renazca sin las manchas del ciclo anterior. Tanto en el caso de Vesta en Roma como en el de Deméter en Grecia, la purificación no es un acto meramente simbólico, sino una transformación física de la materia a través de los dos elementos primordiales de la creación: el fuego y el agua.
El fuego de Vesta no es destructor, sino que actúa como el calor del útero terrestre; limpia el vicio de los animales y de los hombres (como el metal que se purifica en la fragua, según Ovidio) para que la "marcha" biológica comience de nuevo en un estado de gracia virginal. Saltar sobre las llamas de paja en el rito de Pales es, en esencia, atravesar el cuerpo ígneo de la Diosa Madre para salir renovado.
Por su parte, Deméter, en la tradición griega, ejerce esta purificación a través del agua y los misterios iniciáticos. Durante los Misterios de Eleusis, los iniciados debían purificarse en las aguas o del mar antes de entrar en contacto con la diosa, un eco del "pie líquido" y las fuentes que mencionan los textos latinos sobre Pales. El término "pie líquido" (liquido pede) es una metáfora poética de la literatura latina que personifica el movimiento fluido, rítmico y constante del agua de los manantiales o arroyos, sugiriendo que la corriente "camina" o se desliza con ligereza sobre la tierra. En el contexto de los ritos de Deméter o Pales, esta expresión no solo resalta la belleza estética del agua en movimiento, sino que enfatiza su carácter de agua viva y pura, elemento indispensable para el lavado ritual de las culpas.
El papel como generadora se manifiesta con una fuerza en la secuencia que une la Fordicidia con las Parilia. Al utilizar las cenizas de los fetos de vaca sacrificados a Tellus, Pales actúa como una recicladora de la potencia vital: toma la vida latente que la Tierra ha gestado y la libera mediante el fuego para purificar y multiplicar los rebaños. Aquí, Pales se revela como la "Madre de la Sustancia", una divinidad que preside el misterio de la procreación animal y el vigor de los brotes verdes, asegurando el ciclo biológico. Como madre de plantas y animales, Pales no es una figura pasiva, sino una fuerza que "talla" la realidad —como su imagen de madera antigua— para que la naturaleza errante de los bosques y las grutas se someta al orden.
Más allá de su faceta como generadora de vida, la Gran Diosa Tierra posee un ineludible carácter ctónico que la vincula directamente con el mundo de los muertos y las profundidades del inframundo. Como receptora universal, la tierra no solo es el origen de la semilla, sino también el destino final de todo cuerpo orgánico; esta dualidad la convierte en una deidad de "doble cara" que custodia los secretos de los antepasados. Esta soberanía sobre el reino de los muertos explica por qué, en los ritos de purificación de Pales y Tellus, es tan crucial pedir perdón por la violación de los espacios sagrados.
La conexión con dioses liminales como Apolo/Diana y Mercurio
La pareja conformada por Apolo y Diana representa la dicotomía fundamental entre la luz del orden civilizado y el misterio de la naturaleza indómita que Pales debe equilibrar en el suelo de Roma pues Apolo encarna el principio de la luz intelectual y el orden social dominando artes como la medicina la música y la profecía que requieren estructura y medida para que el hombre trascienda su condición animal convirtiéndose en el pastor divino que mediante la armonía somete el caos de la naturaleza y otorga una dirección solar y jurídica al asentamiento humano
Por el contrario Diana representa la oscuridad fértil y los márgenes de la civilización habitando en el bosque indómito y presidiendo sobre los animales salvajes y los partos ya que el recién nacido al igual que la fiera pertenece inicialmente a un estado de naturaleza pura fuera de la ley civil hasta que un rito social lo integra en la ciudad siendo ella la guardiana de ese tránsito peligroso desde el útero oscuro hacia el mundo de los hombres donde la vida aún no es ciudadana sino biología pura y latente.
En esta red de fuerzas Pales actúa como el puente necesario que toma la fecundidad biológica y salvaje de los partos de Diana para transformarla en una producción estable y útil mediante la domesticación permitiendo que lo que nace en la sombra silvestre pueda finalmente habitar bajo la luz organizada de Apolo por lo cual Pales se define como la deidad de la transición que convierte la fuerza de vida indomable en la base material y social que sostiene la estructura del Estado romano.
Esta coincidencia cronológica entre la fiesta de Pales y el natalicio de Roma marca el momento exacto en que el espacio geográfico deja de ser tierra indómita para convertirse en territorio jurídico, simbolizando una transición ontológica donde el suelo se purifica del caos salvaje para ser consagrado a la civilización. Al fundarse la ciudad sobre el sustrato de una fiesta pastoril, el rito de Pales actúa como el catalizador que transmuta la fuerza biológica de la naturaleza en estabilidad política, permitiendo que el limes o frontera de Roma sea el lugar donde lo silvestre se domestica y el ciclo reproductivo de la tierra se somete, por fin, a la estructura y al orden del Estado.
El carácter wang (王) o Rey-Pontífice de la tradición extremoriental constituye una figura analógica a la del Augur en el rito fundacional de Occidente, actuando ambos como un "puente" o mediador entre los niveles cósmicos. Este símbolo se compone de tres trazos horizontales que representan el Cielo, el Hombre y la Tierra, unidos por un eje vertical que simboliza la fundación y que encuentra su equivalente físico en el bastón del Augur utilizado para trazar el templum o diagrama sagrado. De este modo, la labor del fundador se define como un auténtico pontificado (construcción de puentes) encargado de transmitir el "mandato del Cielo" hacia el plano terrestre para establecer un centro sagrado a partir del cual se repite la creación del Cosmos "organizar" el caos del ambiente salvaje.
Siguiendo con el tema fundacional, encontramos la tríada formada por Apolo, Poseidón y Hestia constituye el núcleo espiritual y estructural de la fundación griega, representando los tres pilares que sostienen la civilización. Apolo, como el arquitecto divino y ordenador del cosmos, aporta el logos, la visión geométrica y las leyes que definen el trazado de la ciudad; Poseidón, el "sacudidor de la tierra", otorga el dominio sobre el espacio físico y las aguas, proporcionando la fuerza elemental y el sustento geográfico necesario para que el asentamiento prospere; finalmente, Hestia es el alma del hogar y el centro sagrado de la polis, cuyo fuego perpetuo transforma un espacio físico en una comunidad unida por un vínculo espiritual inquebrantable. Juntos, estos dioses operan una alquimia fundacional: la ley de Apolo y el poder de Poseidón se anclan en la estabilidad del fuego de Hestia, permitiendo que la ciudad no sea solo un conjunto de muros, sino un organismo vivo donde lo divino y lo humano convergen en un centro común y sagrado.
La conexión entre Mercurio (el Hermes griego) y Pales se fundamenta en su naturaleza liminal y en su capacidad para transitar entre mundos, lo que deriva en una identidad sexual fluida o no definida. Como dios psicopompo, Mercurio es de las pocas deidades que posee el derecho de habitar tanto en la superficie luminosa de la tierra como en las profundidades oscuras del inframundo, una dualidad que comparte con Pales. Esta capacidad de "estar en ambos lugares" rompe las fronteras de lo binario, permitiendo que la deidad no se vea limitada por un solo género, sino que actúe como una fuerza de energía pura que fluye entre los opuestos.
Esta ambigüedad sexual alcanza su máxima expresión mitológica en la figura de Hermafrodito, el hijo que Mercurio tuvo con Afrodita. Es crucial notar que, en sus advocaciones más antiguas, Afrodita también poseía una conexión profunda con el inframundo y la muerte (como la Afrodita Epitimbia), lo que refuerza la idea de que la creación biológica total nace de la unión de fuerzas abisales y celestes. En el plano propiamente romano, esta audaz paradoja teológica se institucionaliza mediante la asimilación de Venus con Libitina, la deidad que custodiaba los registros funerarios y los ritos del último adiós en su bosque sagrado del Esquilino. Al unificarse bajo la advocación de Venus Libitina, la religión oficial sancionaba que la misma potencia numinosa que encendía el deseo, la cópula y el brote de la vida era, por pura simetría cósmica, la encargada de recibir y disolver los cuerpos al final de su ciclo. Así, la alianza entre Mercurio y Venus en el mito griego no solo engendra la fluidez de Hermafrodito, sino que en Roma se traduce en una geografía sagrada compartida: ambos actúan como custodios de los umbrales de la existencia.
Volo [querer/volar] viene de voluntas [voluntad] y de volatus [vuelo], porque el alma es de tal condición que en un instante vuela a donde quiere (volt). Lubere [desear/agradar] deriva de labi [deslizarse], porque la mente es lúbrica (lubrica) y resbala (prolabitur), como se decía antiguamente. De lubere proceden libido [deseo], libidinosus [libidinoso], así como Venus Libentina [o Libentina] y Libitina, y otras palabras similares.
Varrón (De lingua Latina, VI, 47-48)
Según un informe de Lucio Pisón en su primer libro de anales, con el fin de tener un registro exacto de todos los habitantes de Roma —tanto de los recién nacidos como de los fallecidos y de aquellos que alcanzaban la edad adulta—, el rey Servio Tulio ordenó que sus familiares depositaran una moneda de valor determinado en tres fondos distintos. Así, la moneda que registraba a los niños recién nacidos se entregaba en el tesoro de Ilitía, a quien los romanos llaman Juno Lucina (la que trae a la luz); la que se ofrecía por los difuntos debía depositarse en el tesoro del bosque sagrado de Afrodita, deidad que en Roma recibe el nombre de Libitina; y, finalmente, la que registraba a quienes adoptaban la toga viril iba destinada al tesoro de Juventas. De esta manera, el monarca podía conocer cada año el número exacto de sus súbditos y distinguir fácilmente a aquellos que estaban en edad de tomar las armas.
Antigüedades Romanas de Dionisio de Halicarnaso (IV, 4)
¿Por qué venden los objetos para los funerales en el recinto de Libitina, a quien identifican con Venus?
¿Es este también uno de los ingenios filosóficos del rey Numa, para que aprendieran a no sentir repugnancia ante tales cosas ni a rehuirlas como una contaminación?
¿O es más bien un recordatorio de que todo lo que nace debe morir, puesto que una misma diosa preside los nacimientos y las muertes? Pues en Delfos hay una pequeña estatua de la Afrodita de la Tumba, ante la cual convocan a los difuntos para que salgan a recibir las libaciones.
Plutarco (Cuestiones Romanas, 23)
Esta indisoluble conexión entre la soberanía de la superficie y los misterios del abismo se manifiesta con una fuerza dramática excepcional en la mitología sumeria, donde la geografía cósmica se estructura a través de un vínculo de sangre. Ereškigal, la temible señora del Inframundo , no es una fuerza ajena al orden celestial, sino la propia hermana de Inanna (Ishtar), habiendo sido raptada en su juventud y confinada a las profundidades ctónicas. Lejos de quedar completamente incomunicadas por este cataclismo mítico, las tradiciones sumerias e acadias insisten en que Inanna posee la prerrogativa exclusiva —y sumamente peligrosa— de descender y ascender del reino de los muertos («el país sin retorno»), desafiando las leyes inmutables del cosmos. Esta capacidad de tránsito de la gran diosa, que debe despojarse de sus insignias reales ante su hermana ctónica para luego renacer y restaurar la fertilidad del mundo.
«Si tú eres la reina del cielo, el lugar por donde sale el sol, ¿por qué, haz el favor de decirme, has venido a la Tierra sin Retorno? Por la ruta de la que ningún viajero regresa, ¿por qué te ha conducido tu corazón?».
La divina Inanna le respondió: «A mi hermana mayor, Ereškigal, cuyo esposo, el señor Gugalanna, ha muerto, le traigo ofrendas para asistir a sus honras fúnebres».
F. Lara Peinado, Mitos sumerio- acadios (El descenso de Inanna al inframundo)
Así sucedió que Enki e Inana estaban bebiendo cerveza juntos en el abzu y disfrutando del sabor del vino dulce. Los vasos de bronce aga se llenaron hasta el borde, y los dos comenzaron una competencia, bebiendo de los vasos de bronce [...]
Se los daré a la santa Inana , mi hija; que no... no......" La santa Inana recibió heroísmo, poder, maldad, rectitud, el saqueo de ciudades, lamentos, regocijo. "En el nombre de mi poder, en el nombre de mi abzu , se los daré a la santa Inana , mi hija [...]
La santa Inana recibió el oficio de carpintero, el oficio de herrero de cobre, el oficio de escriba, el oficio de herrero, el oficio de curtidor, el oficio de batanero, el oficio de constructor, el oficio de artesano de caña. "En el nombre de mi poder, en el nombre de mi abzu , se los daré a la santa Inana , mi hija [...]
Santa Inana recibió sabiduría, atención, ritos de purificación sagrados, la cabaña del pastor, apilamiento de brasas incandescentes, el redil, respeto, asombro, silencio reverente. "En el nombre de mi poder, en el nombre de mi abzu , se los daré a santa Inana , mi hija [...]
Fuente ( Mito Inanna y Enki: Los Me)
Esta fluidez sexual de Mercurio y Pales encuentra su raíz más remota y reveladora en la deidad sumeria Ningishzida, un dios de la antigua Mesopotamia cuyo nombre significa "Señor del Árbol de la Verdad o la Justicia" y que es considerado el antepasado místico del caduceo. Ningishzida era representado por dos serpientes entrelazadas que formaban una unidad perfecta, ya que las serpientes no tienen signos claros de sexo exteriormente y simbolizan la energía de la tierra en su estado más puro y antes de ser dividida en géneros masculino o femenino.
Al igual que Mercurio fue designado por Júpiter para transitar entre planos, Ningishzida fue elegido por el dios celeste Anu para servir como mensajero y mediador entre el cielo y el inframundo. Esta función de puente explica la ambigüedad sexual de estas deidades. Ningishzida presenta una dualidad fascinante que resuena con la pareja Apolo-Diana; en algunos mitos se manifiesta como un gran dios luminoso y guerrero que abate a sus enemigos mediante flechas, mientras que en otros es el guardián silencioso de las puertas cielo y donde está el Árbol de la Vida.
«¡Héroe, señor del campo y la llanura, león de las montañas remotas! ¡Ningišzida, que subyuga a serpientes gigantes y dragones! ¡Gran toro salvaje que, en la matanza de la batalla, es una inundación que [arrasa]! Amado por su madre, aquel a quien Ninjirida dio a luz de su cuerpo espléndido; que bebió la buena leche de su pecho sagrado, que succionó la fuerza del león y creció en el Abzu.
¡Augusto sacerdote ishib que sostiene los vasos sagrados egda, heraldo de las tablillas que garantiza la justicia! ¡Rey, toro salvaje de imponentes miembros, que dirige la palabra con rectitud y aborrece la maldad! ¡Poder soberano, a quien nadie osa detener cuando siembra el desconcierto! ¡Poderoso Ningišzida, a quien nadie osa detener cuando siembra el desconcierto!
Las huestes están siempre a tu servicio. Pastor, tú sabes cómo guiar a las "cabezas negras". Las ovejas y los corderos acuden a ti, pues tú sabes cómo gobernar a las cabras y los cabritos hacia el futuro remoto. Ningišzida, tú sabes cómo gobernar a los cabritos hacia el porvenir lejano».
[...]
«"¿Qué puede igualársete?". ¡Héroe que, tras observar la batalla, asciende a las altas montañas! ¡Ningišzida, que, tras observar la batalla, asciende a las altas montañas! ¡Rey, tú que ejecutas las órdenes en el gran Inframundo, tú que riges los asuntos del Mundo Inferior! Todo joven que posea un dios personal queda a tu disposición allí donde se dictan tus mandatos. ¡Oh rey, boca de miel de los dioses! ¡Alabado sea Enki! ¡Ningišzida, hijo de Ninazu! ¡Alabado sea el padre Enki!»
En este umbral sagrado, Ningishzida aparece junto al dios pastor Dumuzi, el esposo de Ishtar que debía pasar medio año en el inframundo para luego regresar a la superficie, un ciclo de muerte y resurrección que el propio Ningishzida también realizaba.
Relacionado con su papel en la agricultura, se dice que Ningišzida viaja al inframundo en el momento de la muerte de la vegetación (en Mesopotamia, desde mediados del verano hasta mediados del invierno). Este viaje está registrado tanto en mitos sumerios como acadios (El viaje de Ningišzida al Inframundo). En la leyenda de Adapa, Ningišzida —bajo el nombre de Giszida— es una de las dos deidades de las que se dice que han desaparecido de la tierra.
El mito de Adapa (también conocido como Adapa y el alimento de la vida) es una historia mesopotámica acerca de la caída del hombre en la que se explica por qué los seres humanos son mortales. El dios de la sabiduría, Ea, crea al primer hombre, Adapa, y lo dota con una gran inteligencia y sabiduría, pero no con la inmortalidad, cuando esta le es ofrecida a Adapa por el gran dios Anu, Ea engaña a Adapa para que rechace el don.
¡El primero de los sabios fue Adapa, el sacerdote purificador de Eridu, (...) que ascendió a los cielos!
Los sabios, puros peces-puradu (*) del mar, son siete.
Siete son los sabios que nacieron en el río y que mantuvieron la armonía de los planes del cielo y de la tierra.
F. Lara Peinado, Mitos sumerio- acadios (Los siete sabios)
(*) En el original sumerio nam-me, leído en acadio como ummânu («artesano», «instruido») con la alternativa del vocablo apkallu, «sabio». Estos sabios, creados por Ea, venían a ser personalidades dotadas de gran inteligencia que, a modo de visires, aconsejaban sabiamente a los reyes. Según las especulaciones teológicas mesopotámicas, unas veces fueron considerados divinidades separadas de Ea (cf. el Poema de Erra) y, otras, aspectos específicos del propio Ea (cf. Cosmología de los sacerdotes-kalu).
Adapa fue el sabio por excelencia de los mesopotámicos, un ser que ascendió a los cielos (cf. Mito de Adapa). Tras ser divinizado, tuvo su lugar de culto en Uruk, en el templo de Anu. Su nombre completo fue Ummânu-Adapa (J. J. A. van Dijk) o Uanna-Adapa (R. Labat), que venía a significar «el sabio nacido del mar». De ahí el nombre de Oannes, recogido por Beroso al transmitirnos en su Babyloniaká un mito sobre el hombre-pez que enseñó los saberes a la humanidad.
«Este [Oanes] dio a los hombres el conocimiento de las letras, las ciencias y las artes de todo tipo. También les enseñó la fundación de ciudades, el establecimiento de templos, la introducción de las leyes y la medición de la tierra, y les mostró las semillas y la recolección de los frutos. En general, enseñó a los hombres todo lo que está conectado con una vida civilizada. Desde aquel tiempo, nada más ha sido descubierto».
En aquellos días, en aquellos años, el sabio de Eridu,
Ea le creó como modelo de los hombres:
sabio —su orden nadie podía cambiarla—,
capaz —el más sabio de los Anunnaki es él—,
intachable, el de manos puras, el sacerdote de la unción, el maestro de los ritos.
Con los panaderos hacía el pan,
con los panaderos de Eridu hacía el pan.
Cada día proporcionaba pan y agua para Eridu.
Con sus manos puras preparaba la mesa (de las ofrendas),
sin él la mesa no podía ser levantada.
Pilotaba la barca y proveía la pesca para Eridu.
En aquellos días Adapa, el de Eridu,
mientras el dios Ea se tumbaba en el lecho,
diariamente atendía el santuario de Eridu.
[...]
Anu llama a Ilabrat, su visir, y le dijo:
«¿Por qué el Viento del Sur no ha soplado sobre la tierra desde hace siete días?».
Su visir, Ilabrat, le respondió: «Señor mío, Adapa, el hijo de Ea, rompió el ala del Viento del Sur».
Cuando Anu oyó estas palabras, gritó: «¡Hacia el cielo!». Y levantándose de su trono ordenó: «¡Que lo traigan aquí!».
A eso, Ea, que conoce lo que es propio del cielo, contactó con él, y le hizo que llevara los cabellos revueltos y que vistiera un traje de luto; tras ello, le dio estas instrucciones:
«Adapa, vas a ir en persona ante Anu, el rey; emprenderás el camino del cielo. Cuando al cielo hayas subido y te hayas aproximado a la puerta de Anu, Tammuz y Gizida en la puerta de Anu estarán.
Al verte, te preguntarán:
—Hombre, ¿por quién tienes ese aspecto? Adapa, ¿por quién vistes prendas de luto?
Tú responderás:
—Porque de nuestra tierra han desaparecido dos dioses; por ellos yo estoy aquí.
Y te preguntarán:
—¿Cuáles son los dos dioses que de la tierra han desaparecido?
—Tammuz y Gizida —responderás. Ante esto, ellos se mirarán y sonreirán.[...] El brillante rostro de Anu harán que se te muestre. Pero cuando estés ante Anu, si se te ofrece el pan de la muerte, no lo comas. Si se te ofrece el agua de la muerte, no la bebas. Si se te ofrece un vestido, póntelo. Si se te ofrece aceite, úngete con él. Estos consejos que te he dado, no los olvides; las palabras que te he dicho, reténlas.[...]
«¿Por qué Ea, a un indigno humano, las cosas del cielo y de la tierra le ha revelado? Él le dotó con un corazón sólido, le dio un nombre. Nosotros, ¿qué haremos por él? ¡Traed para él pan de vida y que lo coma!».
Cuando el pan de vida le trajeron, no comió; cuando el agua de vida le trajeron, no bebió; cuando un vestido le trajeron, se lo puso; cuando aceite le trajeron, se ungió con él.
Anu, al mirarle, se rio de él y le dijo:
—¡Vamos, Adapa! ¿Por qué no has comido ni bebido? ¡No gozarás de vida eterna! ¡Que no tenga, pues, recompensa!
—Fue Ea, mi señor, quien me dijo: «No comas, no bebas» —respondió Adapa.
—¡Lleváoslo y devolvedlo a su tierra! —sentenció Anu.
F. Lara Peinado, Mitos sumerio- acadios (El mito de Adapa)
Aunque no se expresa de manera directa en el mito, el razonamiento de Ea luce similar al de Yahvé en la historia bíblica del génesis donde, tras ser maldecidos por comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, Adán y Eva son desterrados por Yahvé antes de que puedan comer también del árbol de la vida:
He aquí el hombre, se ha convertido en uno de nosotros, tiene conocimiento del bien y el mal; ahora pues, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre; por ello el Señor lo expulsó del jardín del edén.
(Génesis 3:22-23)
Tanto en la tradición mesopotámica como en la romana, el agua fluvial actúa como el canal de origen para los portadores de la civilización. Así como los siete apkallu nacen del río y del agua de Ea para traer el orden a las primeras ciudades, Rómulo y Remo llegan flotando por las aguas del Tíber para fundar las bases del Imperio, vinculando el nacimiento de la realeza y la soberanía directamente con el poder sagrado y purificador del agua. El paralelismo se cierra de forma simétrica con el destino final de sus héroes principales: Adapa, el primer y más grande de los sabios, asciende en vida a los cielos para comparecer ante el dios supremo Anu; un destino idéntico al de Rómulo, quien tras cumplir su misión civilizadora no conoce una muerte humana, sino que sufre una apoteosis —una ascensión celestial en mitad de una tormenta— para transformarse en el dios Quirino.
Sin embargo, el viaje de Adapa a las esferas celestes introduce un matiz crucial a través de las deidades que custodian el umbral divino. A las puertas del cielo de Anu, el sabio es recibido por Dumuzi, el dios pastor, y Ningishzida, quienes actúan como una pareja de guardianes tras haber abandonado temporalmente la tierra. Ambos personifican el ciclo de la vegetación y la vida pastoral; divinidades marcadas por un destino trágico que les obliga a descender al inframundo durante una parte del año, alternándose en las sombras para permitir la renovación de los ciclos de la naturaleza.
Él construyó los establos y reguló los abrevaderos; erigió los apriscos y los enriqueció con la mejor grasa y leche. Llevó con ello la alegría a la sala del convite de los dioses e hizo descender la abundancia sobre la llanura, creada para la fértil vegetación. Al rey, proveedor fiel del Eanna y amigo de An; al amado yerno del valeroso Sin y esposo de la pura Inanna; a la señora y reina de todos los decretos sagrados, que una y otra vez ordena la procreación en el corazón de Kullab; a Dumuzi, en fin, el divino ushumgal del cielo y amigo de An: a él, Enki lo puso al frente.
F. Lara Peinado, Mitos sumerio- acadios (Enki y el orden del mundo)
Esta alternancia estacional es el corazón del poder de Pales: ella es la heredera de esos dioses que conocen el camino de vuelta desde las sombras, asegurando que la fertilidad de las plantas y los animales sea un flujo constante que, como el de Dumuzi y Ningishzida, se regenera periódicamente tras su paso por las profundidades.
El periplo anual de Dumuzi hacia las profundidades refleja el ciclo agónico de la naturaleza mesopotámica, donde su descenso al inframundo marca el agostamiento de la vida y el inicio de la aridez estival. En este tránsito de sacrificio, su hermana Geshtinanna desempeña un papel redentor, aceptando alternarse con él en el reino de los muertos para que el pastor pueda retornar cíclicamente a la superficie, una dualidad de muerte y renacimiento que sostiene el equilibrio cósmico. Es en este umbral del inframundo donde la figura de Dumuzi se entrelaza a menudo con la de Ningišzida; ambos dioses, vinculados a la vegetación y al destino de lo que debe morir para renacer, actúan como una pareja de guardianes o "compañeros de umbral".
Entonces el destino de Inanna fue decidido,
y su corazón se fundió en lágrimas.
«¡Mi joven esposo se ha ido, en poder del Inframundo!».
Luego elevó un lamento sagrado:
«¡Tú, Dumuzi, estarás allí durante medio año, y tu hermana Geshtinanna durante el otro medio año!
Cuando tú regreses a la tierra, durante todo aquel tiempo ella residirá en las profundidades;
y cuando tu hermana regrese, durante todo aquel tiempo tú estarás allí».
Así, la pura Inanna entregó a Dumuzi como su sustituto.
F. Lara Peinado, Mitos sumerio- acadios (Descenso de Inanna al inframundo)
El estado de alternancia cíclica de Dumuzi y su hermana Geshtinanna es el resultado de un dramático sacrificio motivado por el descenso de Inanna al Inframundo. Tras ser rescatada de la muerte, las leyes del reino de ultratumba exigieron que Inanna entregara a un sustituto; al regresar a la tierra, encontró a Dumuzi celebrando en su trono en lugar de guardar luto, lo que provocó que ella lo señalara para que los demonios galla se lo llevaran a las profundidades. Ante el destino fatal del pastor, Geshtinanna, impulsada por un amor fraternal incondicional, se ofreció voluntaria para ocupar su lugar, lo que llevó a un decreto divino que dividió el año entre ambos: Dumuzi pasaría seis meses en el Inframundo (coincidiendo con la aridez del verano mesopotámico) y Geshtinanna los otros seis. Este pacto de sangre y devoción no solo explica el ciclo de las estaciones, sino que consagra a los hermanos como seres liminales que, junto a Ningišzida, transitan permanentemente la frontera entre la vida y la muerte para asegurar el sustento de la humanidad.
Este dinamismo de pérdida y restitución halla un eco sutil, aunque formalmente invertido, en el mito griego de la muerte de Palas a manos de Atenea. Del mismo modo que la soberana Inanna sella el trágico destino de Dumuzi en un rapto de frialdad divina para luego fundirse en un lamento eterno que instaura un ciclo de culto, Atenea arranca involuntariamente la vida de su compañera de juventud, la ninfa pastora Palas, durante un simulacro de combate. En ambos relatos, la deidad femenina —arquetipo de la soberanía y el orden— experimenta una culpa transformadora tras la pérdida del consorte o la igual. Si Inanna internaliza el duelo dividiendo el año entre Dumuzi y Geshtinanna para restaurar el equilibrio, Atenea absorbe la identidad misma de la víctima: modela el Paladio como un doble ritual y adopta el nombre de «Palas Atenea», perpetuando la memoria de la figura sacrificada en el corazón mismo de su propio poder e iconografía civilizadora.
El origen del Paladio se relata de la siguiente manera: se dice que, tras su nacimiento, Atenea fue criada por Tritón, cuya hija se llamaba Palas. Ambas compartían el adiestramiento en las artes de la guerra; sin embargo, un día surgió entre ellas una disputa. Justo cuando Palas estaba a punto de golpear a Atenea, Zeus, temeroso por su hija, interpuso la égida en el combate. Al mirar el escudo, Palas quedó paralizada por el terror, momento en el que cayó herida de muerte por Atenea. Sumida en una profunda aflicción, Atenea esculpió una estatua que reproducía fielmente la imagen de Palas, ciñendo su pecho con la misma égida que la había aterrado, y la colocó junto al trono de Zeus para rendirle honores. Tiempo después, cuando Electra buscó refugio al pie de la escultura tras sufrir una violación, Zeus, enfurecido, arrojó tanto a la suplicante como al Paladio a la tierra de Ilión. Allí, el rey Ilo le erigió un templo y consagró su culto. Esta es la historia que se cuenta sobre el Paladio.
Biblioteca mitológica del Pseudo-Apolodoro (III, 12, 3)
La conexión entre el ciclo de Dumuzi y Ningišzida con las deidades grecorromanas reside en la naturaleza psicopompa y la dualidad de los dioses que transitan entre dos mundos, encontrando su reflejo exacto en el mito de Adonis. Este joven, trasunto directo del Tammuz/Dumuzi mesopotámico, personifica la muerte y resurrección de la vegetación mediante un pacto que divide su existencia entre el Inframundo de Perséfone y la superficie de Afrodita, espejando así el sacrificio de Geshtinanna por su hermano.
Diez meses más tarde, la corteza del árbol se agrietó y de ella nació el joven Adonis. Cautivada por su extraordinaria belleza, Afrodita lo ocultó en un cofre cuando aún era un niño de pecho y, en secreto ante los demás dioses, se lo confió a Perséfone. Sin embargo, al contemplarlo, la reina del inframundo quedó tan prendada de él que se negó a devolverlo. Para resolver la disputa, recurrieron al arbitrio de Zeus, quien decretó dividir el año en tres partes iguales: ordenó que Adonis pasara un tercio del año según su propia voluntad, otro tercio con Perséfone y el último con Afrodita. No obstante, Adonis terminó cediendo también su tiempo libre a esta última. Tiempo después, el joven murió durante una cacería tras ser embestido por las fauces de un jabalí.
Biblioteca mitológica del Pseudo-Apolodoro (III, 14, 4)
En este esquema, Mercurio (Hermes) actúa como el heredero de la función liminal de Ningišzida: el mensajero de las profundidades que, con su caduceo de serpientes, guía las almas y asegura el flujo entre planos. Al mismo tiempo, la pareja de hermanos formada por Apolo y Diana (Ártemis) eleva esta dinámica al cosmos; mientras Apolo rige la luz y el florecimiento, Diana gobierna los ciclos nocturnos y lo silvestre, actuando como el contrapunto necesario para la regeneración.
La conexión entre el gobierno y los pastores
La asimilación mística entre el pastor y el gobernante halla una de sus raíces más profundas en la antigua Mesopotamia, donde el pastoreo no era visto como una labor humilde, sino como un encargo divino de alta responsabilidad civilizadora. Deidades liminales como Ningišzida y Dumuzi asumen explícitamente el rol de líderes y protectores de la comunidad; el primero es invocado como el "pastor" que sabe guiar a las "cabezas negras" y gobernar a los rebaños hacia el porvenir remoto , mientras que el segundo personifica al rey-pastor cuyo trágico sacrificio estacional sostiene la abundancia de la tierra. En esta cosmovisión, las ovejas y los corderos acuden al dios-pastor porque en su figura reside la capacidad jurídica y sagrada de dirigir la palabra con rectitud, aborrecer la maldad y garantizar la justicia en el plano terrenal. El gobernante, por lo tanto, es el vicario celestial que imita este orden divino, cuidando de la sociedad humana como si fuera su propio redil.
Este arquetipo del gobernante-pastor se espeja de forma simétrica en los mitos fundacionales de Occidente, donde la realeza y la soberanía emergen directamente de la vida rústica para dar forma al Estado jurídico. El ejemplo paradigmático lo encontramos en Rómulo y Remo, quienes antes de trazar las fronteras de la urbe son criados en el entorno silvestre y pastoril de un Palatino herboso, habitado por cabañas humildes y custodiado por una Pales de madera tallada por una tosca hoz. Al invocar a Pales en el momento de la fundación, el rey romano no rompe con su pasado pastoril, sino que lo transmuta : el rito de las Parilia actúa como el catalizador que toma la fuerza biológica de la naturaleza y la somete a la estructura y al orden del derecho. Así, el arado sagrado que delimita el limes de la ciudad no es más que la evolución civilizadora del cayado del pastor.
Había entonces grandes despoblados en esa región. Una tradición sostiene que cuando el agua, poco profunda, depositó en un lugar seco el cesto flotante donde estaban expuestos los niños, una loba sedienta encaminó allí su carrera desde las montañas de alrededor, atraída por el llanto infantil, y ofreció sus ubres a los niños, tan mansamente, que el mayoral del ganado del rey, Fáustulo dicen que se llamaba, la encontró lamiéndolos con la lengua.
e los llevó a la majada y se los entregó a su esposa, Larencia, para que los criara. Hay otros que piensan que esta Larencia era llamada «loba» entre los pastores porque prostituía su cuerpo, y que este hecho dio lugar a la leyenda maravillosa.
Así nacidos y así criados, en cuanto tuvieron edad, incapaces por su carácter de quedarse en la majada o con el ganado, recorrían los bosques cazando. Con el vigor de cuerpo y ánimo adquirido en este ejercicio, bien pronto no sólo hacían frente a las fieras, sino que asaltaban a los ladrones cargados de botín y distribuían su presa entre los pastores y compartían con ellos ocupaciones y diversiones, formando una banda de jóvenes que crecía por días.
Tito Livio, Ab Urbe Condita I, 4
En la tradición griega, el estrecho vínculo entre el pastoreo y el derecho al trono se manifiesta de forma explícita en el mito de Atreo y Tiestes. La soberanía sobre el reino de Micenas no se decide mediante la fuerza de las armas, sino por la posesión de un elemento puramente pastoral y milagroso: un cordero con el vellocino de oro surgido entre los rebaños. Este animal, enviado por Hermes (la deidad liminal y pastoril por excelencia), actúa como el cetro biológico que legitima al verdadero gobernante. Quien posee el control y el cuidado de este rebaño sagrado recibe automáticamente el mandato divino para guiar al pueblo. Así, el mito griego introduce la idea de que el pastor excepcional es el único capaz de custodiar el talismán que sostiene el orden político y la paz del Estado.
Los hijos de Pélope fueron Piteo, Atreo, Tiestes y otros. La mujer de Atreo era Aérope, la hija de Catreo, la cual estaba enamorada de Tiestes. En cierta ocasión, Atreo prometió sacrificar a Ártemis lo más hermoso de sus rebaños, pero dicen que, cuando apareció un cordero de oro, descuidó su promesa y habiéndolo ahogado, lo guardó en una cesta y allí lo vigilaba; pero Aérope se lo entregó a Tiestes, seducida por este. Por otro lado los miceneos poseían un oráculo, según el cual debería ser elegido un rey Pelópida y por ello enviaron a buscar a Atreo y Tiestes. Pero surgió una discusión por el reino y Tiestes declaró a la muchedumbre que el reino debía corresponder al que poseyera el carnero de oro ...
Apolodoro – Biblioteca mitológica, Epítome 2, 10-11
Este arquetipo del pastor-gobernante adquiere un tinte heroico y fundacional en las figuras de Anfión y Zeto, los gemelos fundadores de Tebas, quienes ofrecen un paralelismo casi exacto con los romanos Rómulo y Remo. Abandonados al nacer en el monte Citerón, son rescatados y criados por un boyero en un entorno estrictamente pastoril. Mientras crecen entre los rebaños, los hermanos desarrollan las dos virtudes esenciales del gobernante ideal: Zeto encarna la fuerza física, la caza y la domesticación del entorno salvaje, mientras que Anfión —bendecido por el dios Hermes con una lira— personifica la armonía, la cultura y el intelecto. Cuando llega el momento de fundar las murallas de Tebas, es la música de Anfión la que hace que las piedras se muevan solas y se ordenen mágicamente. Este mito demuestra que la soberanía nace de la rudeza del pastizal, pero se consolida cuando el pastor aprende a sintonizar la fuerza de la naturaleza con la armonía del orden civil.
Dichas estas palabras, salió del consejo. Los reyes que llevan cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente del pueblo acudió presurosa. Como de la hendedura de un peñasco salen sin cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las flores primaverales y unas revolotean á este lado y otras á aquel, así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la baja ribera, desde las naves y tiendas á la junta. En medio, la Fama, mensajera de Júpiter, enardecida, les instigaba á que acudieran, y ellos se iban reuniendo. Agitóse la junta, gimió la tierra y se produjo tumulto, mientras los hombres tomaron sitio. Nueve heraldos daban voces para que callaran y oyeran á los reyes, alumnos de Júpiter. Sentáronse al fin, aunque con dificultad, y enmudecieron tan pronto como ocuparon los asientos. Entonces se levantó el rey Agamenón, empuñando el cetro que Vulcano hiciera para el soberano Jove Saturnio—éste lo dió al mensajero Argicida; Mercurio lo regaló al excelente jinete Pélope, quien, á su vez, lo entregó á Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir lo legó á Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó á Agamenón para que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos,—y descansando el rey sobre el arrimo del cetro, ...
Homero, Iliada Canto II,84
Finalmente, la épica homérica consagra de manera definitiva esta transición conceptual al acuñar el epíteto sagrado de «pastor de hombres» (poimēn laōn) para referirse a los grandes reyes y comandantes de la Guerra de Troya, como Agamenón y Aquiles. En la mentalidad griega, el buen gobernante no es un autócrata alejado de sus súbditos, sino un líder que debe imitar el desvelo constante del pastor: vigilar el horizonte ante las amenazas del enemigo (los lobos), mantener la cohesión de la comunidad (el rebaño) y guiar a su pueblo hacia la prosperidad. Al igual que el dios pastor de las tradiciones orientales o la figura liminal de Pales en Roma, el poimēn griego es un mediador sagrado; un hombre cuya experiencia en los límites de lo silvestre le otorga la sabiduría necesaria para pastorear las almas y dictar las leyes que transforman una masa caótica en una civilización duradera.
Conclusión
En conclusión, Pales trasciende con creces la imagen simplificada de una deidad rústica menor para revelarse como una potencia liminal y ordenadora fundamental en la cosmovisión romana. Su naturaleza originalmente andrógina o carente de un género definitivo no constituye un vacío de identidad, sino la marca propia de las deidades indigitamenta, aquellas fuerzas puras que operan en los umbrales de la creación biológica antes de que el mito las encasille en categorías binarias. Al unificar en su culto la sutil purificación del agua con el fuego regenerador de la paja (palea), Pales actúa como una recicladora alquímica de la sustancia cósmica, tomando la vitalidad latente del útero terrestre para devolverla multiplicada y limpia de las manchas del ciclo anterior.
Asimismo, el análisis comparativo nos demuestra que el numen del Palatino no está aislado, sino que se inserta en una red de correspondencias con dioses de la fertilidad y los pastores que conecta el Mediterráneo con el Oriente Próximo. Desde los ciclos mesopotámicos de Dumuzi y Ningišzida hasta el sacrificio civilizador de la Palas griega o la alternancia estacional de Adonis, late un mismo misterio: la necesidad de transitar por las sombras de las profundidades para asegurar el renacimiento sobre la superficie de la tierra. Pales comparte con figuras como Mercurio o el dios-serpiente sumerio esa capacidad liminal de habitar y mediar entre mundos, traduciendo la fuerza indómita de los partos y lo silvestre bajo una luz solar, rítmica y estructurada.
Finalmente, es esta profunda raíz pastoral la que dota de una estabilidad sagrada a la propia Roma. Al hacer coincidir las Parilia con el natalicio de la ciudad eterna, la tradición romana operó una transmutación ontológica imperecedera: los pastos salvajes del Palatino herboso fueron delimitados por el arado sagrado, sometiendo el caos de la naturaleza al orden del Estado. Pales, la antigua figura de madera tallada por una tosca hoz, se erige así en la guardiana de la frontera misma de la civilización, recordándonos que las murallas del Imperio y las estructuras del derecho no descansan sobre piedra inerte, sino sobre el flujo constante, sagrado y cíclico de la vida que ella misma nutre y protege.



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