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El Solsticio de Verano y el Portal de los Muertos en la Antigüedad

 El solsticio de verano es el día más largo del año, el momento en que el Sol alcanza su punto más alto en el cielo antes de empezar su inevitable declive hacia la oscuridad del invierno. Para las culturas antiguas del Mediterráneo y el Atlántico, este fenómeno no era una simple fecha astronómica, sino una grieta en el velo del tiempo donde la vida, la muerte y la fertilidad se entrelazaban. A través de la arqueología y las fuentes históricas, hoy sabemos que varias civilizaciones compartían una visión profunda de esta frontera cósmica. Para ellos, el solsticio era un portal sagrado regido por un estricto calendario ritual diseñado para comunicarse con el más allá y mantener el equilibrio del universo.



El «mes del sacrificio al sol» (yrh zbh šmš) corresponde al tercer mes del año y equivale al mes de junio, de acuerdo con las tesis de Stieglitz. A su vez, este periodo se correspondería con el mes ugarítico yrh dbhm («mes de los sacrificios», documentado en PRU II 188), puesto que el cambio fonético de dbh a zbh es perfectamente posible. Esta equivalencia lingüística se correlaciona con la expresión bíblica hallada en los Salmos zibhê ’elōhîm, traducida como «los sacrificios ofrecidos a Dios» [...]

Esta inscripción también ha sido leída como ššm, interpretada como «sacrificios al dios Šašam» o «sacrificio para el dios Sasm». Una tercera vía interpretativa propone traducirla como el «sacrificio de las sesenta víctimas», estableciendo un paralelismo directo con el mes de la hecatombe en Atenas o «mes del sacrificio de los cien bueyes». Finalmente, se ha considerado zbh ššm como el nombre de las celebraciones que acompañaban a la festividad de la luna nueva (bhdš), una tradición que también se encuentra reflejada en los textos bíblicos. Sin embargo, debido a que las letras m y š se confunden con frecuencia por su grafía en las inscripciones fenicias de Lárnaca, surge una notable dificultad paleográfica para discernir la lectura exacta entre šmš y ššm.

La segunda inscripción procede de un texto de finales del siglo IV a.C. hallado en Citio, donde se erige una estatua el día veinte del mes yrh zbh šmš (o mensis sacrificiorum solis). Este pasaje final también ha sido leído como ššm por algunos autores, siguiendo la célebre propuesta de Clermont-Ganneau sobre el «mes del sacrificio de las sesenta víctimas».

SACRIFICIOS DE NIÑOS Y SUSTITUTORIOS DE OVICÁPRIDOS AL DIOS SOL ŠMŠ EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO

Esta profunda conexión espiritual no surgió de la nada, sino que viajó a través de antiguas rutas comerciales desde las zonas orientales del mediterraneo hasta la región de Mauretania Tingitana (el actual norte de Marruecos) y desde allí a través de estas redes de intercambio, las ideas religiosas sobre la divinidad del Sol viajaron por el Atlántico y arraigaron profundamente en el archipiélago canario.

En el contexto de la religión mesopotámica, los mitos no solo explicaban las fuerzas de la naturaleza, sino que también imponían un orden moral del que ni los propios dioses estaban exentos. Un claro ejemplo de esto se encuentra en el mito sumerio de Enlil y Ninlil, donde Enlil, el dios principal de la atmósfera, el viento y el clima, es juzgado por la asamblea de los dioses y castigado al destierro tras haber tomado por la fuerza a la joven Ninlil. Este castigo le obliga a descender y pasar un periodo en el Kur o inframundo, el sombrío reino de los muertos mesopotámico. 

Días más tarde, cuando el dios advirtió que Ninlil paseaba a orillas del «Canal principesco», subió a la barca y deslizándose silenciosamente por las aguas del cañaveral que crecía en las orillas, saltó a tierra y abrazó y besó a Ninlil. El venerable Enlil, a continuación, en un ribazo del canal abusó de la diosa. Depositó en su seno la semilla del que llegaría a ser, nada menos que Sin-Ashimbabbar, el dios luna, el de nacimiento brillante.

Aquella acción inmoral fue conocida en el Consejo de los dioses. Y un día, mientras Enlil se entretenía midiendo los terrenos del Kiur, uno de los santuarios de Nippur, los grandes dioses, cincuenta en total, más los dioses que deciden los destinos, todos siete, se apoderaron de Enlil en el Kiur, diciéndole:

 —Enlil, ser inmortal, violentador de las normas, sal de la ciudad. ¡Abandona la ciudad, oh Nunamnir, violador de doncellas!

Enlil, conocido también con el apelativo de Nunamnir "Principe soberano" , siguiendo la decisión tomada por los grandes dioses, se puso en camino hacia el Más Allá, hacia las regiones inferiores. Expulsado «de arriba» debería habitar, hasta que lo decidiera el Consejo de los dioses, en las regiones «de abajo». Sin embargo, Ninlil, que se hallaba encinta del dios, y de quien se había enamorado, le siguió. Se negó a quedarse atrás, en el cielo. ¡Había decidido acompañarle en el destierro!

[...]

Enlil llegó, por fin, ante la muralla del Infierno. Tras él arribó Ninlil.

—¡Portero! —dijo Enlil—. ¡Hombre del cerrojo! ¡Hombre de la cerradura! Ninlil, tu reina, va a venir. Si te hace preguntas acerca de mí, tú no le dirás nada de mí, no le dirás quién soy. ¡Ahora, vete, déjame ocupar tu lugar!

En efecto, Ninlil, nada más llegar a la Gran Puerta del Infierno, se dirigió a quien creía que era el portero:

—¡Hombre del cerrojo! ¡Hombre de la cerradura! ¿Dónde se halla tu soberano?

Y Enlil, haciéndose pasar por el portero, le respondió:

—Mi rey no me ha informado de nada. Tan sólo me ha dicho Enlil algo acerca de mi cuerpo. También que ha dejado a su amor en el cielo. Eso es lo que me ha dicho Enlil, el rey del mundo.

—Si Enlil es tu rey, yo soy tu reina —respondió ella—. ¡Ábreme la puerta!

    Federico Lara Peinado, Leyendas de la antigua Mesopotamia ( Enlil y Ninlil) 

Lo fascinante de este relato es que Ninlil decide seguirlo voluntariamente a las profundidades abisales, y a lo largo de este viaje al inframundo conciben a varias deidades ctónicas (es decir, vinculadas a las profundidades de la tierra), entre ellas al dios de la luna, Nanna. A través de este descenso conjunto y de la naturaleza de los hijos que engendran en la oscuridad, los escritos dejan entrever una dimensión oculta en el mito: la posibilidad de que Enlil y Ninlil, antes de ser plenamente los soberanos celestiales de Nippur, hubieran sido concebidos originalmente en tradiciones más antiguas como los reyes o señores del propio inframundo, uniendo así de forma indisoluble el poder que rige las tormentas del cielo con los misterios que habitan bajo la tierra.

Los sumerios se mezclaron con los acadios donde el orden cósmico y el destino de las almas estaban regidos por la tríada astral suprema, compuesta por Sin (la Luna), Shamash (el Sol) e Ishtar (el planeta Venus), quienes presentan profundos paralelismos con los conceptos de fertilidad y el mundo de los muertos analizados en el Atlántico y el Mediterráneo. Sin, como el dios lunar que medía el tiempo y regulaba los ciclos del calendario ritual, era el padre de la deidad solar Shamash; este último no solo inundaba la tierra con la luz necesaria para la agricultura, sino que, en un paralelismo exacto con el "Sol de los Muertos" de la tradición guanche, se convertía en el juez del inframundo cada noche al ponerse por el oeste, cruzando el reino de los difuntos para iluminar a las almas y juzgar sus actos en las sombras. Por su parte, Ishtar, la diosa de la fertilidad, el amor y la guerra, protagoniza uno de los mitos más célebres de la antigüedad al descender voluntariamente al inframundo en busca de la regeneración de la vida, un viaje ctónico que detiene por completo la reproducción de los hombres y los animales en la superficie de la Tierra hasta que logra regresar. Así, el panteón acadio entrelaza a esta familia divina para demostrar que las fuerzas que gobiernan la luz del cielo y la fertilidad de los campos están indisolublemente conectadas con el tránsito de las almas hacia el inframundo.

En Ur, en el templo de la creación del país, al entrar en el Ekishnugal, la mansión de Nanna, se derramó en lágrimas ante él: «¡Oh, Padre Nanna, no permitas que tu hija sea condenada a muerte en el Inframundo! No dejes que tu buena plata se cubra con el polvo del Inframundo, no dejes que tu buen lapislázuli sea fragmentado por el lapidario, no dejes que tu valiosa madera de boj sea aserrada como madera de carpintero. ¡No dejes que la virgen Inanna sea condenada a muerte en el Inframundo!». 
[...] 

Dumuzi, vestido con ropajes de fiesta, estaba sentado sobre un alto trono. Los demonios galla lo cogieron por los muslos; con los siete recipientes de leche vertieron leche sobre él, y como para apoderarse de los miembros de un enfermo, se le echaron encima. Los pastores ya no tocaron más la flauta ni el caramillo ante él. Inanna fijó su mirada en él, una mirada de muerte, y pronunció palabras contra él, palabras de ira, y emitió gritos contra él, gritos de condenación: «¡Él es, lleváoslo!». Y así, la divina Inanna entregó en sus manos al pastor Dumuzi.

[...]

Y Dumuzi lloraba, su rostro se volvió pálido; hacia el cielo, hacia Utu elevó las manos: «¡Utu, tú eres el hermano de mi mujer, yo soy el marido de tu hermana! ¡Yo soy el que lleva la leche a la casa de tu madre! ¡Yo soy el que lleva la leche a la casa de Ningal!».

De forma parecida, tenemos que en la mitología ugarítica, procedente de la antigua ciudad costera de Ugarit en la actual Siria, el complejo equilibrio entre la vida y la muerte se articulaba a través de una de las sagas divinas más dramáticas del Bronce Final. En el centro del panteón se alzaba el dios supremo El, una deidad asociada tanto a la fertilidad como al mundo de los difuntos —a quien algunas tradiciones e interpretaciones asimilan con Dagán o Dagón, el antiguo dios de los cereales y la abundancia—. 

Así, puso entonces cara hacia El (que mora) en la fuente de los dos raudales, en el seno del venero de los dos océanos. Se presentó en la gruta de El y entró en la morada del Rey, Padre de años. Y respondió el Toro El, su padre:

- Yo, el Benigno, El, el Entrañable, el cetro te he puesto en las manos, he proclamado tu nombre …

Uno de los hijos más prominentes de este linaje era Baal Hadad, el poderoso dios de la tormenta, la lluvia, la luz y la regeneración de los campos. En el famoso Ciclo de Baal, este dios debe descender al inframundo para enfrentarse a su propio hermano, Mot, la personificación misma de la muerte, la sequía y la esterilidad. En un primer asalto, Mot devora y vence a Baal, sumiendo al cosmos en la desolación; ante la aparente tragedia, los dioses lloran su pérdida y le realizan un funeral solemne como si hubiera perecido para siempre. Sin embargo, unos meses después, durante la estación en que la naturaleza parece morir, su hermana y consorte Anat, la indómita diosa de la guerra y la pasión, decide tomar cartas en el asunto. Ayudada por la diosa solar Shapash —quien al cruzar el cielo diariamente tenía el poder de iluminar los rincones más oscuros del inframundo—, Anat desciende al reino de los muertos, localiza a Mot y lo derrota de forma implacable: lo descuartiza, lo criba, lo quema y esparce sus restos por los campos cultivados. 

Entonces su cara dirigió, sí, hacia la montaña Kankanay. Alzó la montaña sobre las manos, el macizo encima de las palmas y descendió a la morada de reclusión de la 'tierra', se contó entre los que bajan a (esa) 'tierra' y supieron los dioses que había muerto.

[...]

 La Luminaria de los cielos, Shapash, abrasando estaba el vigor de los cielos en manos del divino Mot. Un día y más pasaron, los días se hicieron meses, Anat, la Doncella, le buscó.

Como el corazón de la vaca por su ternero, como el corazón de la oveja por su cordero, así batía el corazón de Anat por Baal. Cogió al divino Mot; con un cuchillo le partió, con un bieldo le bieldó, en el fuego le quemó, con piedras de molino le trituró, en el campo le diseminó. Su carne la comieron, sí, los pájaros, sus trozos los devoraron las aves; la carne a la carne llamó.

Gracias a este acto de furia y amor ritual, Baal es rescatado de las garras de la muerte y regresa triunfante a su trono, restaurando las lluvias en la tierra en un ciclo eterno donde el sol, el inframundo y la fertilidad vuelven a abrazarse.

El propio Dagón, en su papel de divinidad principal de los filisteos, esperaba recibir un “gran sacrificio” (zbh gdl), el cual bien pudo haber sido el del propio Sansón, cuyo nombre significa “pequeño sol” (šmš seguido del sufijo diminutivo -ôn / -ân), dado que lo habían mantenido encarcelado hasta ese preciso momento. Momentos antes de fallecer, Sansón prefirió forzar el derrumbamiento de las dos columnas centrales, probablemente del templo de Dagón, provocando así la muerte de una multitud de filisteos junto a la suya propia. Por otra parte, resulta de gran interés la sugerencia planteada por Wiggins, quien apunta que en los Salmos bíblicos podrían reflejarse ciertos aspectos de Dagón como una deidad que poseía la capacidad de morir.

SACRIFICIOS DE NIÑOS Y SUSTITUTORIOS DE OVICÁPRIDOS AL DIOS SOL ŠMŠ EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO

Viendo Dalila que él le había descubierto todo su corazón, envió a llamar a los principales de los filisteos, diciendo: «Venid esta vez, porque él me ha descubierto todo su corazón». Y los principales de los filisteos vinieron a ella, trayendo el dinero en sus manos. Ella hizo que Sansón se durmiese sobre sus rodillas y llamó a un hombre para que le rapase las siete guedejas de su cabeza; de este modo comenzó a debilitarlo, pues su fuerza se apartó de él. Entonces ella exclamó: «¡Sansón, los filisteos sobre ti!». Luego que despertó de su sueño, él se dijo: «Esta vez saldré como las otras y me escaparé», pues no sabía que Yahvé ya se había apartado de él. Mas los filisteos le echaron mano, le sacaron los ojos y le llevaron a Gaza, donde le ataron con cadenas de bronce para que moliese en la cárcel. Sin embargo, el cabello de su cabeza comenzó a crecer de nuevo tras haber sido rapado.

Entretanto, los principales de los filisteos se juntaron para ofrecer un gran sacrificio a Dagón, su dios, y para celebrar, proclamando: «Nuestro dios ha entregado en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo». Al verlo, el pueblo alabó a su divinidad diciendo: «Nuestro dios entregó en nuestras manos al enemigo y destructor de nuestra tierra, el cual había dado muerte a muchos de nosotros». Aconteció que, en medio de la alegría de sus corazones, ordenaron: «Llamad a Sansón para que nos divierta». Lo sacaron entonces de la cárcel para que sirviera de juguete delante de ellos, y lo colocaron entre las columnas. En ese momento, Sansón dijo al joven que lo guiaba de la mano: «Acércame y hazme palpar las columnas sobre las que descansa el templo, para que pueda apoyarme sobre ellas». El edificio estaba lleno de hombres y mujeres, incluyendo a todos los principales de los filisteos ...

        Libro de los Jueces 16, 18-27

Gracias a este flujo cultural, el mes de junio se convirtió en el eje del año espiritual. En el calendario fenicio-púnico, este periodo se llamaba yrh zbh šmš, el "mes del sacrificio al Sol", una fecha que coincidía con el festival de Cronos en Atenas, donde los griegos celebraban el inicio de su propio año.

En el contexto de la antigua Grecia, las Crónias (Kronia) constituían un festival de profundas connotaciones agrícolas, cósmicas y sociales, celebrado el día doce del mes de Hekatombaion (periodo que antiguamente recibía el nombre de Kronion y que se corresponde con el mes de junio). Esta festividad estaba dedicada a Cronos, el antiguo titán del tiempo, las cosechas y la agricultura, deidad que en las culturas semíticas del Mediterráneo se asimilaba con deidades solares y de los muertos como Ba'al Hammon. Las Crónias funcionaban como una suspensión temporal del orden establecido "algo parecido a las Saturnalias" para conmemorar la mítica Edad de Oro, una época utópica donde los hombres vivían en abundancia, paz y sin jerarquías sociales bajo el reinado de este dios. Durante el festival, todas las normas de la polis se disolvían: los esclavos eran liberados temporalmente de sus cargas, se les permitía sentarse a la mesa a banquetear e incluso ser servidos por sus propios amos, recreando una igualdad primigenia en medio de la alegría de las cosechas veraniegas. De este modo, al celebrarse en el umbral del solsticio de verano, las Crónias griegas utilizaban esta ruptura temporal en el calendario para conectar la maduración de los frutos de la tierra con el retorno simbólico de las almas a un estado de pureza original.

Mientras avanzaba en su viaje y llegó al río Cefiso, le salieron al encuentro hombres de la estirpe de los Fitálidas, quienes le saludaron primero. Cuando él les pidió ser purificado por el derramamiento de sangre, ellos le limpiaron mediante los ritos habituales, ofrecieron sacrificios propiciatorios y le agasajaron con un banquete en su casa. Esta fue la primera muestra de amabilidad que encontró en su camino. Fue, entonces, en el octavo día del mes Cronio, llamado ahora Hecatónbeon, cuando se dice que llegó a Atenas. Y al entrar en la ciudad, encontró los asuntos públicos llenos de confusión y disensión, y los asuntos privados de Egeo y su casa en un estado lamentable.

        Plutarco, Vida de Teseo 12.1

Ahora bien, de todas estas reglas, el acusado Timócrates no ha observado ni una sola. Nunca expuso su ley; no dio a nadie la oportunidad de leerla y oponerse a ella; ni esperó ninguna de las fechas fijadas por el estatuto. La asamblea en la que se tomó vuestra votación tuvo lugar el undécimo día del Hecatombeón , y él presentó su ley el duodécimo, al día siguiente, aunque era fiesta de Cronos y, por lo tanto, el Concilio estaba aplazado; pues había logrado, con la ayuda de personas cuyas intenciones os son hostiles, obtener por decreto una sesión del Comité Legislativo, con la excusa de la Fiesta de las Panateneas .

        Demóstenes (Discurso Contra Timócrates, 26)

Hecatónbeon: Un mes ateniense. Este tomó su nombre del hecho de que en este mes se sacrificaban muchas hecatombes

        La Suda

 De la misma forma, para los guanches de Tenerife, el solsticio de verano del 21 de junio marcaba el Acano, el inicio de su año nuevo. Durante nueve días de celebraciones, bailes y matrimonios, toda la comunidad se volcaba en honrar a Achaman, su dios supremo y sustentador del cielo. Los rituales se realizaban de manera estricta al amanecer, justo cuando el Sol rompía el horizonte, ya que creían que en ese instante el astro rey actuaba como un puente directo entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Esta profunda devoción solar y sus dinámicas festivas han dejado una huella tan honda que sus ecos se han observado y documentado en la tradición canaria hasta hace pocos siglos antes de la actualidad.

Para estas culturas, el Sol no era solo una fuente de luz para los cultivos, sino el hogar sagrado donde residían las almas de sus ancestros. En las zonas rurales del sur de Tenerife sobrevivió durante siglos —llegando incluso a registrarse en la memoria oral de tiempos relativamente recientes— la hermosa creencia de que el sol del atardecer, al teñir el horizonte de un naranja intenso, era el "sol de los muertos", el lugar de descanso de los difuntos. A estos antepasados se los llamaba magios, que significa "hijos de Magec" (el nombre del Sol), reflejando la convicción de que el alma humana era una chispa inmortal nacida del propio astro. Los lazos con los fallecidos se volvían tangibles al amanecer del solsticio, cuando los guanches creían que los espíritus de sus familiares se materializaban sobre el horizonte marino en forma de pequeñas nubes, a las que llamaban "encantados", para traer consejos o advertencias a la comunidad.

Otras referencias para Tenerife mencionan al sol bajo el nombre de Magec o señalan que «su juramento era por el sol, e le llamaban Mageb». Es probable que estos últimos autores confundieran dicha denominación con la que se empleaba en Gran Canaria, donde «juraban por Magec, que es el sol [...] e al alma tenían por inmortal, hija de Magec, que padece afanes, congojas, angustias, sed y hambre, y llévanles de comer a las sepulturas los maridos a las mugeres, y ellas a ellos; a los fantasmas llaman Magios o hijos de Magec».  

[...]

El inicio del año aborigen comenzaba con el solsticio de verano, el 21 de junio, tal como recoge un texto de Marín de Cubas para Gran Canaria: «contaban su año llamado Acano por las lunaciones de veinte y nueve soles desde el día que aparecía nueva; empesaban por el estío, quando el sol entra en Cancro a veinte y uno de junio en adelante la primera conjunción, y por nueve días continuos hazian grandes vailes y convites, y casamientos haviendo cojido sus sementeras». Así, el solsticio de verano les servía de referencia para establecer su calendario lunar, pues «hacían su quenta por las lunas i ajustabanlas por el estío en los días mayores de el año».

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El sacrificio junto al mar se relaciona con la creencia en la presencia marina de los antepasados, quienes se materializaban en forma de nubes durante el solsticio de verano o la festividad de San Juan. Una crónica referida a Lanzarote y Fuerteventura señala que «los spíritus de sus antepasados que andaban por los mares i uenían allí a darles auiso quando los llamaban, i éstos e todos los isleños llamaban encantados, i dicen que los veían en forma de nuuecitas a las orillas de el mar, los días maiores de el año, quando hacían grandes fiestas, aunque fuesen entre enemigos, i veíanlos a la madrugada el día de el maior apartamiento de el sol en el signo de Cáncer, que a nosotros corresponde el día de San Juan Bautista».

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Es en este contexto de comunicación con el más allá donde se comprende el sobrecogedor ritual documentado en la Punta de Rasca, un acantilado en el sur de Tenerife. Las crónicas y la memoria histórica local señalan que, hasta hace pocos siglos antes del presente, se recordaba con precisión cómo durante el amanecer del solsticio los guanches lanzaban a un niño vivo al mar como ofrenda al dios Achaman. En el tejido de la mitología griega, el trágico destino de Ino, reina de Tebas y hermana de Sémele, ofrece un paralelismo extraordinario con los rituales de precipitación al mar ejecutados durante el solsticio de verano. Tras haber criado en secreto al infante Dioniso, Ino y su esposo Atamante sufrieron la implacable venganza de la diosa Hera, quien los sumió en una locura furiosa; en medio de este delirio, Atamante asesinó a uno de sus hijos, lo que empujó a Ino a huir desesperada y a lanzarse al mar desde un acantilado llevando en brazos a su hijo menor, Melicertes. Sin embargo, lejos de suponer un final trágico y estéril, este salto al vacío funcionó como un mecanismo de transmutación y muerte sagrada: al tocar las aguas profundas, los dioses se apiadaron de ellos y los metamorfosearon en deidades marinas protectoras, rebautizando a Ino como Leucótea, la "blanca diosa", y a su hijo como Palemón. En el calendario ritual de la antigua Roma, en las Matralia, la festividad dedicada a Mater Matuta que se celebraba precisamente a mediados de junio, en los días previos al solsticio de verano. Mater Matuta era la antiquísima diosa romana del amanecer, la luz de la mañana y el crecimiento de los cultivos, a quien los propios romanos identificaron plenamente con Leucótea, la Ino griega divinizada tras su salto al mar. Durante sus rituales, las matronas romanas entraban al templo portando en brazos no a sus propios hijos, sino a los hijos de sus hermanas para pedir por su salud y protección, replicando de forma simbólica el mito de Ino cuidando al infante Dioniso antes de su trágico destino. El ritual romano entrelazaba la pureza de la infancia, la fertilidad de las familias y la comunicación con las fuerzas del más allá en el umbral del día más largo del año.

Según se recogía de la tradición oral conservada hasta fines del siglo XIX en la vertiente meridional de Tenerife, «cierto día del año, que fijan para el solsticio de verano, por la punta de la Rasca tiraban al mar a un niño vivo en el momento de salir el sol, disputándose las madres el honor de preferencia. Sobrevive esta tradición en los que fueron distintos reinos de la isla, como Güímar, Anaga, Abona, etc., señalando todos la punta de la Rasca como el lugar de la ceremonia».

[...]

 Una interesante tradición que se conservaba en Valle Gran Rey (La Gomera) a fines del siglo XIX presentaba la particularidad de que, tras la celebración familiar del funeral de un niño pequeño —también conocido como «baile de los muertos»—, se procedía al envío de mensajes al más allá: «Al dar por terminado el baile empiezan los recados; unos después de otros se acercan al cadáver y le prenden con alfileres a las ropas alguna flor o bien un trocito de cinta o trapito como señal para que el Ángel recuerde el encargo, a la vez que envían recados a las personas queridas que moran en el cielo; quien a los padres y hermanos, quien a los parientes y amigos; cuyos recados consisten unos en las intenciones y otros para que sirvan de intermediarios con Dios para que la cosecha sea buena, para recobrar la salud, etc.». Como puede observarse, los niños pequeños, concebidos como seres puros, actuaban como mensajeros de los vivos ante los difuntos, quienes a su vez poseían la facultad de interceder ante la divinidad.

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Lejos de ser un acto de crueldad sin sentido, la comunidad utilizaba la pureza e inocencia del niño para que funcionara como un intermediario o «mensajero» sagrado. Los vivos aprovechaban este puente místico para enviar «recados» y peticiones de ayuda a sus familiares fallecidos. Prácticas similares que utilizaban la muerte ritual o la condición del difunto para comunicarse con el inframundo se daban en todo el ámbito mediterráneo. En los santuarios de Cartago se ofrecían niños en sacrificio para pedir favores a la deidad solar Ba'al Hammon, mientras que en Roma se despeñaba a los condenados desde la roca Tarpeya bajo la jurisdicción de Saturno, dios del tiempo y las cosechas. A este horizonte de creencias se suma la propia concepción escatológica grecolatina, donde los niños o recién nacidos fallecidos eran catalogados como aoroi, es decir, víctimas de una muerte prematura e inmadura. Al haber sido privados del ciclo natural de la vida, la tradición mítica dictaba que estas almas debían vagar errantes durante cien años en los umbrales del Érebo antes de que el barquero Caronte les permitiera cruzar la laguna Estigia. Debido a esta prolongada permanencia en el espacio liminal que separaba a los vivos de los muertos, y a la energía retenida por su interrupción vital, los restos de estos infantes eran codiciados y utilizados con frecuencia en las prácticas de magia nigromántica y en las tablillas de maldición (defixiones), sirviendo como poderosos canales para conocer el porvenir o para invocar a las entidades del inframundo.

«La opinión de la magia [...] sostiene que el alma humana, especialmente la mente tierna e ingenua de un niño, puede ser adormecida mediante los halagos de los encantamientos [...] para volver a su naturaleza original, que es divina e inmortal; y que, al entrar en un estado de trance, puede predecir el futuro...»

          Apuleyo, Apologia 42-43

Y puesto que los principios de todas las grandes cosas se derivan de los dioses inmortales, quiero que me respondas tú—que sueles llamarte a ti mismo pitagórico y encubrir el nombre de un hombre doctísimo tras tus monstruosas y bárbaras costumbres—: ¿qué tan grande depravación de la mente se apoderó de ti, qué tan grande locura, para que, habiendo emprendido ritos sagrados inauditos y nefastos, y teniendo por costumbre evocar a las almas de los muertos (inferorum animas elicere) y sacrificar las vísceras de niños (puerorum extis (...) mactare) a los dioses Manes, hayas despreciado los auspicios sobre los que esta ciudad fue fundada, y sobre los cuales se sostiene toda la república y el imperio; y para que, al inicio de tu tribunado, anunciaras al Senado que las respuestas de los augures y la arrogancia de su colegio no serían un impedimento para tus acciones?

          Cicerón (Contra Vatinio, 14)

Sin embargo, sí parece haber una mayor relación con la práctica ejecutada en Roma sobre la colina del Capitolio, donde se encontraba la roca Tarpeya. Sobre este promontorio se elevaba el templo de Júpiter Capitolino —asociado frecuentemente a Saturno—, construido por el séptimo y último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio (ca. 534-509 a.C.), cumpliendo una promesa realizada por su padre, el quinto rey de Roma, Tarquinio Prisco (ca. 616-579 a.C.).

Según la Ley de las Doce Tablas (Lex Duodecim Tabularum), redactadas entre el 451 y el 450 a.C. y aprobadas en el 449 a.C., las cuales se exponían en la Rostra ante la Curia en el Foro Romano, la Tabla IV.1 indicaba que los niños recién nacidos que presentaran minusvalías o deformidades debían ser inmediatamente eliminados. Esta decisión correspondía al padre, a quien se le concedía en la Tabla IV.2a el derecho absoluto de vida y muerte (patria potestas) sobre su descendencia. Es plausible que este tipo de neonatos con alguna malformación fueran también los seleccionados para el caso del ritual de Tenerife. Por otra parte, según la Tabla VIII.23, la roca Tarpeya era asimismo el lugar de ejecución para quienes hubiesen dado falso testimonio en un juicio, mientras que las sentencias contra los condenados por asesinato o crímenes capitales eran ejecutadas por los quaestores parricidii, figuras profusamente documentadas en las fuentes clásicas.

SACRIFICIOS DE NIÑOS Y SUSTITUTORIOS DE OVICÁPRIDOS AL DIOS SOL ŠMŠ EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO

 Algo significa haberse casado con Júpiter y ser de Júpiter la hermana; dudo si gloriarme más por mi hermano o por mi esposo. Si se mira mi linaje, fui la primera en hacer a Saturno padre; de Saturno yo fui la primogénita. Roma fue llamada en otro tiempo Saturnia por mi padre: esta fue para él la tierra más próxima al cielo. Si el lecho conyugal es lo que se valora, se me llama la matrona del Tonante, y mis templos están unidos al Júpiter Tarpeyo. ¿Acaso una concubina pudo dar nombre al mes de Mayo, y este mismo honor en nosotras va a ser motivo de envidia? ¿Por qué, entonces, se me llama reina y primera entre las diosas? ¿Por qué han puesto en mi mano derecha el cetro de oro? ¿Acaso los días harán el mes, y por ellos seré llamada Lucina, y no habré de recibir el nombre de ningún mes?

         Fastos de Ovidio (Libro VI, versos 27-40)

En Tenerife se conocen otros sacrificios humanos asociados a la muerte del mencey o rey, en los cuales hombres adultos se precipitaban al mar de forma ritual: «existe la costumbre de que, cuando se muere un rey, le extraen las vísceras y las colocan en una cajita hecha de hojas de palmera. Y en aquel monte hay un lugar peligroso que da al mar, cortado a pico; y aceptan que uno de ellos, voluntariamente, coja las vísceras del rey y vaya con ellas a lo más alto que pueda de ese lugar escarpado y se arroje al mar, de donde no puede salir más, pues desde lo alto al fondo hay unos 500 codos. Allí se encuentran los demás mirando; y unos dicen: "Te encomiendo al Rey"; otros dicen: "Te encomiendo al padre"; otros: "Al hijo"; otros: "A su amigo muerto"; y dile que sus cabras están muy gordas, o flacas, o si han muerto, o no. Y todas las noticias que saben de sus reyes y parientes las envían por medio de aquel que se arroja al mar a sus reyes y parientes muertos».

SACRIFICIOS DE NIÑOS Y SUSTITUTORIOS DE OVICÁPRIDOS AL DIOS SOL ŠMŠ EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO

Esta desconexión inicial entre el alumbramiento biológico y la integración civil del neonato arroja luz sobre la verdadera naturaleza de los sacrificios de niños. En este espacio liminal de la periferia púnica y libio-fenicia, la vulnerabilidad biológica del primer vástago analizada por Lipiński se revestía de una profunda urgencia teológica. Al no poseer aún una entidad social plena dentro de la comunidad, el primogénito inmaduro se convertía en el tributo definitivo para regular el orden cósmico en momentos de crisis, ofreciéndose directamente al poder abrasador del solsticio y a la divinidad solar. No obstante, la propia dilatación de los plazos de purificación y la progresiva codificación ritual abrieron la puerta a una solución de piedad comunitaria: la sustitución (molchomor). Así, el sacrificio cruento de la vida humana latente era conmutado por la sangre de corderos o cabritos, transmutando el crudo infanticidio en una ofrenda ganadera que, sin embargo, mantenía intacta la función original del rito: alimentar el fuego sagrado del astro rey, aplacar su fuerza destructora y garantizar, mediante el pacto de sustitución, la fertilidad y el eterno retorno de la vida en las costas del Atlántico.

Una explicación racional sobre el origen de esta práctica sacrificial la ofrece Lipiński, quien comenta que, en el caso de madres muy jóvenes, el primer vástago podía nacer demasiado débil. Incluso si este sobrevivía, dicha circunstancia pudo favorecer la costumbre de sacrificar al primogénito, un proceder que halla su paralelo en la esfera ganadera con la ofrenda del primer ternero de una vaca, tal como recogen las fuentes babilónicas.

Bajo esta óptica, el recién nacido no era reconocido socialmente hasta que el padre lo presentaba formalmente a la comunidad, lo que demuestra que la integración del neonato no dependía del hecho biológico del alumbramiento, sino de un estricto acto social. En el antiguo Israel, por ejemplo, esta presentación en el templo no se producía de forma inmediata: en el caso del primogénito varón, la consagración se posponía hasta pasados treinta días, conforme al mandato: «Todo primogénito [...] los harás rescatar al mes de nacidos» (Nm 18:15-16). Para el resto de los hijos varones, el plazo se extendía a cuarenta días, coincidiendo con el fin del periodo de purificación de la madre, estipulado en treinta y tres jornadas tras los siete días iniciales de reclusión: «Si una mujer concibe y da a luz un varón, será inmunda durante siete días [...]; y permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; no tocará ninguna cosa santa, ni vendrá al santuario, hasta que sean cumplidos los días de su purificación» (Lv 12:2-4). Finalmente, si el vástago era una niña, el periodo de marginación ritual y liminalidad del neonato se duplicaba hasta alcanzar los ochenta días: «Y si da a luz una niña, será inmunda durante dos semanas [...], y sesenta y seis días estará purificándose de su sangre» (Lv 12:5).

SACRIFICIOS DE NIÑOS Y SUSTITUTORIOS DE OVICÁPRIDOS AL DIOS SOL ŠMŠ EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO

Dado que la supervivencia de estos pueblos dependía por completo de la naturaleza, el solsticio de verano requería también de rituales que garantizaran la abundancia de los alimentos. Cuando no se realizaban sacrificios humanos, se utilizaban sacrificios sustitutorios de animales: se quemaban corderos y cabritos en grandes hogueras, y si el humo ascendía en una línea completamente recta hacia el cielo, los sacerdotes anunciaban que los dioses habían aceptado el mensaje y la ofrenda. 

Los sacrificios de animales se realizaban el día del solsticio de verano en diferentes partes de la isla de Tenerife, tal como recoge una información oral procedente de un pastor de Túnez (Arona): «los guanches acostumbraban un día del año en el mes de Junio, que cree que era el mismo día de San Juan, la víspera, hacer una hoguera y echar dentro reses degolladas con un faime (cuchillo) de sabina, hasta que el humo saliera derecho al cielo [...] esto lo oyó muchas veces a los pastores viejos». La vinculación directa entre las aras de sacrificio y el astro rey es refrendada por Marín de Cubas, quien señala que «tenían un ara ó brasero, y su adoración principal era á el Sol».

Por otra parte, Juan Bethencourt Alfonso sugiere que también los corderos y cabritos eran arrojados vivos a los pireos o altares de sacrificio; según otra información oral de la que se hizo eco, los echaban «con las patas atadas, "para que los balidos fueran oídos por la divinidad"».

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Finalmente, al poder purificador del fuego le seguía el poder fecundador del agua. Al amanecer del día 21, los pastores conducían a todo su ganado hasta la orilla del mar para realizar un baño ritual, sumergiendo a las cabras y a los machos en las olas para que la fuerza del agua del solsticio bendijera la fertilidad del rebaño, asegurando la prosperidad económica para el nuevo año que acababa de nacer.

A continuación, al amanecer, se llevaba a cabo en la costa un baño ritual con el ganado caprino con el fin de propiciar la fecundación. El propósito de introducir a las hembras en el agua era «para que se revolcasen y entrasen en celo», mientras que en el caso de los machos cabríos se hacía «para que se calentaran [...] para cambiar de temperatura». A las cabras era necesario arrastrarlas por los cuernos, puesto que estos animales rehúyen de forma natural el agua. Esta práctica pastoril está ampliamente constatada en diversos puntos de la geografía de Tenerife.

[...]

Tras el baño, el 24 de junio, fecha identificada popularmente como «en San Juan señalado», coincidía con el momento exacto en el que se «soltaban o ponían a padriar» a los machos con las cabras, una estrategia reproductiva diseñada «para que las crías no vengan a destiempo». De este modo, las hembras quedaban preñadas en verano y los cabritos nacían cinco meses después, a finales de octubre, asegurando así suficiente alimento con la llegada de las primeras lluvias del otoño. En este sentido, en la costa de Arona la hierba comenzaba a brotar hacia noviembre, según el régimen de lluvias anual, extendiéndose hasta mayo y manteniéndose seca hasta el mes de julio.

Una vez preñadas las cabras, se interrumpía la producción de leche hasta el nacimiento de las nuevas crías. Esto otorgaba un mayor tiempo libre a la población ganadera, al quedar eximida de las tareas diarias de ordeño y de la elaboración de queso. Dado que también se había completado la cosecha de cebada y trigo, la comunidad disponía de la holgura necesaria para consagrarse a los nueve días de celebraciones que sucedían a la noche del solsticio de verano, a partir del 21 de junio.

Es muy probable que este efecto fecundador atribuido al agua marina se valorase igualmente para las personas. Cabe recordar que durante las fiestas del Beñesmer en la época aborigen se celebraban numerosos matrimonios; una tradición que en el siglo XIX aún sobrevivía bajo la costumbre de que «el día de San Juan, antes de salir el sol, van todos al mar a bañarse, baño que conceptúan muy saludable».

Paralelismos de esta índole se encuentran en el norte de África (Libia, Túnez y Marruecos), donde también se realizaban baños colectivos el día del solsticio de verano. Esta práctica fue censurada explícitamente por san Agustín en su Sermón 196, al condenar que hombres y mujeres se bañasen desnudos en la costa de Hipona. Asimismo, este baño ritual era ejecutado por las mujeres aborígenes de Gran Canaria durante los treinta días previos al solsticio de verano como rito prenupcial, dado que los matrimonios se formalizaban precisamente durante el periodo festivo que seguía a dicha efeméride astronómica.


https://www.puertodelacruz.es/noticias/sin-categorizar/2025/06/21/puerto-de-la-cruz-celebra-las-fiestas-de-san-juan-2025-con-coloridos-chorros-hogueras-en-playa-martianez-y-el-tradicional-bano-de-cabras/

El mes de junio debe su nombre a Juno (Iuno), la reina del panteón romano, quien en los Fastos de Ovidio se proclama con orgullo la primogénita de Saturno (Saturni sors ego prima fui) y vincula su soberanía celeste con la protección del lecho conyugal y la fertilidad femenina. Esta profunda impronta mitológica, marcada por la herencia de Saturno y los ritos de fecundidad y purificación asociados al solsticio, halla una prolongación directa a comienzos del mes de julio con la celebración de las Nonas Caprotinas (Nonae Caprotinae), el día 7 de dicho mes. En esta festividad, consagrada a Juno Caprotina, las mujeres romanas —con un protagonismo absoluto de las esclavas o ancillae— se reunían junto a una higuera silvestre (caprificus) para realizar sacrificios rituales y libaciones con su savia láctea, en una ceremonia de marcado carácter ctónico y lustral que no solo conmemoraba la salvación mítica de Roma tras la invasión gala, sino que también actuaba como un puente sagrado para propiciar la fertilidad de las mujeres y la abundancia de las cosechas tras los «días mayores» del solsticio.

En la teología romana, Juno no solo ostenta el control de los fenómenos atmosféricos que impactan sobre los océanos, sino que bajo su advocación de Iuno Moneta o Iuno Regina compartía templos y sacrificios solemnes orientados a la protección de los navegantes. Esta estrecha vinculación con el mar se hace aún más evidente en el mundo helénico a través de su homóloga Hera —particularmente en sus santuarios costeros como el de Samos o el de Perajora (Perachora)—, donde era venerada como una deidad liminal que dominaba los puertos y las orillas. En estos espacios, las aguas marinas actuaban como el elemento purificador por excelencia donde la diosa renovaba ritualmente su virginidad y su poder fecundador cada año; una sacralidad costera que reverbera con fuerza en las celebraciones.

Pues voy a ver los confines de la fértil tierra, a Océano, origen de los dioses, y a la madre Tetis, quienes me criaron y alimentaron con esmero en sus palacios, tras recibirme de manos de Rea, cuando Zeus de amplia mirada confinó a Saturno bajo la tierra y el estéril mar.

        Homero, Ilíada, XIV, 200-204.

«En Nauplia [...] hay una fuente llamada Cánato. Allí dicen los argivos que Hera se baña cada año y recupera su virginidad como resultado de este baño. Esta es una de las tradiciones secretas (aporrheton) que se celebran en el ritual de Hera». 
Pausanias, Descripción de Grecia, II, 38, 2.

En conclusión, el solsticio de verano se revela como una compleja encrucijada cósmica y soteriológica donde el triunfo efímero del sol en su cénit activa un canal de comunicación sagrado entre el mundo de los vivos y el de los antepasados. A través de las aras y los pireos incendiados en las cumbres, el fuego actuaba como el vehículo que elevaba el humo de las reses degolladas directamente hacia el astro rey, un tributo ganadero destinado a asegurar la fertilidad de la tierra. Este culto solar y sacrificial encuentra su contraparte perfecta en el elemento acuático como receptáculo de lo humano y lo divino: mientras las hogueras consumen las ofrendas animales, el mar recibe los sacrificios por precipitación ritual de los hombres —quienes actúan como mensajeros hacia los ancestros— y purifica al ganado caprino para inducir su celo.

Esta milenaria sincronía entre el fuego de los altares y el agua de las costas late con una fuerza asombrosa en los rituales actuales de la fiesta de San Juan. Las tradicionales hogueras que iluminan la víspera del 24 de junio, los baños nocturnos en el mar buscando la purificación o la fertilidad, e incluso el arrastre de las cabras, no son más que la pervivencia folclórica de un mismo pensamiento ancestral.

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